No conozco mucho de la historia de Corea. Apenas retazos recogidos aquí y allá en los libros: El camino más corto, Dentro del secreto, Hierba. Fue este último el que me llevó hasta Mi amigo Kim Jong-Un (Reservoir Books). Fue con Hierba que conocí a su autora e ilustradora: Keum Suk Gendry-Kim, que me ha conquistado por completo.
Recuerdo bien la sensación al leer Dentro del secreto, de José Luís Peixoto. Me dejó perpleja. De verdad me costaba creer que un lugar así existiera. Pensaba en Corea del Norte y la cabeza me daba vueltas, como cuando repites una palabra demasiadas veces y acaba perdiendo el sentido. Me parecía el argumento de una película sobre un experimento social llevado al extremo. Pero el experimento es real. Quizá la única forma de mantener el orden mundial sea observarlo desde la barrera: intentar comprender, o cerrar los ojos y seguir con lo nuestro. Ninguna de las dos opciones resulta sencilla.
Keum Suk Gendry-Kim logra dibujar precisamente esa posición incómoda. Y lo hace desde un lugar aún más incómodo: viviendo cerca de la frontera, con el ruido de las bombas que llega hasta su cocina, su habitación, hasta el lugar donde pasea con sus perros. La amenaza no es abstracta ni lejana, la amenaza forma parte de su paisaje diario.
En Mi amigo Kim Jong Un, la autora no cae en la caricatura ni en el juicio fácil. La búsqueda de información es compleja. ¿Cómo se verifican fuentes que no existen, que están muertas o que no quieren hablar? Desde el punto de vista periodístico es todo un compendio práctico.
Me fascina cómo sus trazos hablan, cómo el dibujo sostiene lo que las palabras no siempre alcanzan. Su experiencia personal funciona como un puente que me permite conectar con un significado que antes me resultaba incomprensible. No habla de ideas abstractas, habla de personas, habla con personas. Todas tienen sus motivos, sus razones, sus miedos.
El uso del color turquesa marca escenas, separa planos, determina puntos de vista. Es una elección que no es solo estética, sino narrativa. Cuando aborda la historia de las dos Coreas, tan ajena para mí, lo hace de una manera casi pedagógica sin ser didáctica. Siento como si me invitara a observar qué ocurre cuando se elige la pastilla azul o la roja y aun así me mostrara el yin y el yang que hay en ambas opciones.
Este libro me ha parecido una lectura necesaria para comprender que las palabras, de tanto repetirlas, a veces se vacían, pero no por ello pierden lo que quieren decir. Una lectura para recordar que detrás de los conceptos frontera, enemigo, régimen, amenaza, hay vidas concretas. Y, sobre todo, para aprender a mirar el mundo con ojos extrañados, sin convicciones tan rígidas que impidan avanzar.


