Aquí es Vidrà (Girona). El camino hacia el Salt del Molí baja hasta el río Ges entre bosque y piedras. Cruza el antiguo puente de Salgueda y llega hasta una cascada de unos veinte metros. El paisaje es solo la excusa.
Es esta, la sensación que buscaba.
La del camino que obliga a mirar al suelo, la de levantar la cabeza y ver un paso estrecho entre árboles. El cambio de temperatura al pasar por vegetaciones diferentes. No sé nada de plantas. Sé que los árboles llenos de hojas por el tronco me dan fresquito y los que se espigan hacia lo alto me calientan la cara.
Sí, esta es la sensación que llevaba años atascada entre mi piel y la carne.
La sensación que produce el agua fría que viene de la montaña cuando me sumerjo. La carne se aprieta tanto que exprime lo que está atrapado en ella hasta que brota por los poros.
De vuelta, en el camino, más mojones de vaca marcan el sendero. Una lagartija y una mariposa tienen la paciencia entrenada para esperar a que les haga una foto. Me acerco y no se mueven. Lo que huelen de mi piel es esa sensación. La que buscaba.
Las vacas siguen escuchando la radio. Los únicos sonidos los provocan mis hijas y los que el paisaje produce en ellas. Un cencerro y una ovación. Agua que cae y ropa en movimiento.
Vuelvo a repetir: es esta, sí. La encontré.
Cruzar el ríoLa lagaritja esperaEs estaEl puenteSobre el ríoLa mariposa sabe posarSi miro hacia arribaMusgo en el caminoOtra cascada, otro díaSumergidaSí, esta es la sensación que buscaba
Subir al castillo, dejar que la noche me encuentre en la playa, comer un helado, bañarme bajo la luna, comprar uno o dos libros en la librería París. En invierno lo llamaríamos rutina. En Peñíscola son rituales.
Esta vez llegué con Jerusalém, de Gonçalo M. Tavares, en la maleta. La tercera novela de O Reino, la tetralogía con la que el escritor portugués explora distintas formas del mal. Como suele sucederme, el libro terminó infiltrándose en los lugares que visitaba y alterando mi manera de mirarlos. (Como ya me pasó en la ruta romana de Astorga con Pomponio Flato)
El castillo de Peñíscola guarda historias de cruzadas, templarios y del papa Luna. La visita guiada reconstruye ese pasado a través de un único personaje. Avanzamos por las estancias, la guía narra escenas y yo me sorprendo pensando que Tavares hace algo parecido en Jerusalém: construye la novela desde las personas que encarnan los acontecimientos.
«Pedro Martínez de Luna fue elegido papa durante el Cisma de Occidente. Cuando apenas le quedaban partidarios se refugió en Peñíscola. Siguió firmando documentos, nombrando cardenales y ejerciendo una autoridad que el mundo ya no reconocía. Nunca renunció», explica la guía.
Con esas palabras aparece en mi cabeza, inevitablemente, Theodor Busbeck. No sé si el personaje se parece o no al Papa Luna, pero ambos viven encerrados en una certeza. Cada uno la suya. Hay algo profundamente literario en esa obstinación. La imagen del anciano rodeado de piedra y de mar, aislado del mundo, convencido de una verdad que ya casi nadie comparte. El papa Luna podría ser uno de los personajes de Jerusalém.
La guía añade otro detalle: con noventa años, Benedicto XIII retuvo durante siete horas a un emisario del papa de Roma para defender la legitimidad de su pontificado. Imagino ese discurso interminable, pronunciado primero para convencer a su interlocutor y después, quizá, para convencerse a sí mismo.
Busbeck sostiene una idea inquietante: quien no busca a Dios está enfermo y debe ser tratado. Vista desde ahí, la obcecación del Papa Luna adquiere otro significado. En Jerusalém cuesta distinguir con claridad dónde termina todos tienen motivos y todos están locos. Los personajes viven atrapados en un trauma, una culpa o una obsesión. Todos son islas.
También este castillo. Aunque ya no lo separe del continente una lengua de arena, sigue suspendido entre el mar y todo lo demás.
La novela funciona como un interruptor. De pronto dejo de mirar la fortaleza como un monumento y empiezo a verla como una sucesión de conflictos. Subo las escaleras intentando colocar el escudo como indica la guía. «Te atacarían por la derecha». El gesto dura apenas unos segundos, lo suficiente para imaginar el peso de aquello que habitó estas piedras: la violencia, la culpa, la necesidad de salvación.
Nunca había reparado en que casi todos los grandes edificios históricos se explican desde la violencia: la que motivó su construcción, la que ejercieron o aquella de la que pretendían protegerse. La belleza de las piedras superpuestas suele ocultar historias de barbarie. Busbeck habría recorrido este castillo buscando precisamente eso.
Hay algo que admiro especialmente en Jerusalém, y en toda la saga O Reino: el espacio que Tavares deja al lector. Sus novelas nunca clausuran el sentido. Obligan a completar las conexiones, a decidir quién está realmente cuerdo y quién no, a seguir pensando cuando ya se ha cerrado el libro. Quizá por eso la lectura acaba contaminando la realidad.
Cuando termina la visita tengo la impresión de que la frontera entre ambos relatos se ha diluido. El castillo es el mismo de cada año, pero Tavares ha conseguido que lo lea de otra manera.
Castillo de peñíscola desde el agua en playa norte. Lele Sorribas – Alpiedelafoto.comLengua de tierra que une el peñón del castillo de Peñíscola a la tierra. Lele Sorribas – Alpiedelafoto.comTorre del castillo de Peñíscola con vistas al mar. Lele Sorribas – Alpiedelafoto.comCastillo de Peñíscola desde el mar en un día con oleaje. Playa norte. Lele Sorribas – Alpiedelafoto.com
Lisboa fue elegida por la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas como Capital Cultural durante 2017. Escogida por su hospitalidad y su luz, por ser punto de encuentro de diversas culturas. El título con el que se promociona esta Capital Cultural 2017 es Passado e Presente.
El Passado recoge los testimonios y las marcas que la historia ha dejado en la ciudad. No siempre tiempos pasados fueron mejores pero no por ello deja de ser importante mostrar y recordar el paso del tiempo y de las personas que se quedaron, que se fueron o que simplemente estuvieron de paso.
El Presente trata sobre Lisboa hoy; la amalgama de culturas, en buena parte consecuencia su pasado. La ciudad es un hervidero de lenguas, colores, acentos, creatividad…
Todo ello, Pasado y Presente, sucede en la extensa programación que durante todo el año se llevará a cabo en la capital lusa.
Mañana, la UCCI hace entrega a la ciudad del diploma que la certifica como Capital Iberoamericana de Cultura 2017, aprovechando la inauguración de dos exposiciones integradas en la programación Passado e Presente en el Museu Arpad Szenes-Vieira da Silva. Uma, Heróis, Povo e Paisagem chilena del fotógrafo Armindo Cardoso. La outra, Arpad Szenes e Vieira da Silva, os anos do exílio.
Armindo Cardoso se exilió en Chile por motivos políticos de 1965 a 1973, donde empezó a trabajar como fotoperiodista. Después del golpe de Pinochet se refugió en la Embajada de Venezuela y se mudó a París. La exposición que se muestra en Lisboa recoge unas fotografías que permanecieron enterradas durante tres años en un patio y fueron recuperadas en 1974. Las imágenes son retratos de políticos, artistas, intelectuales de la época, imágenes de manifestaciones populares en Chile, arte callejero y registros inéditos de comunidades mapuches.
Vieira da Silva (Lisboa, 1908-París 1992) y Arpad Szenes (Budapest, 1897-París, 1985), casados em 1930 y ambos pintores. Tras estallar la II Guerra Mundial estuvieron exiliados en Brasil hasta 1947. Las pinturas que se exponen en Lisboa muestran el impacto tan diferente que el exilio tuvo en ambos: para Arpad, armonía; para Maria Helena Vieira da Silva, angustia.
Lisboa, Capital
Esta es la segunda vez que Lisboa es Capital Iberoamericana de Cultura, la primera coincidió con el título de Capital Europea de la Cultura en 1994. En 2016 el honor le correspondió a Andorra.
La Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas es una organización internacional, no gubernamental, de carácter municipal sin fines de lucro. La UCCI busca estimular las relaciones en las ciudades que la integran y favorecer el desarrollo basándose en la solidaridad y cooperación entre dichas ciudades.
Rasca, rasca, rasca, detrás de la primera capa comienza a desvestirse el muro y en ese acto de “vandalismo artístico”, Vihls encuentra su forma de expresarse.
Alexandre Farto (1987), conocido por Vihls, es un artista portugués que se ha ganado los elogios de más de medio mundo; allá donde ha ido dejando su huella. Por la cantidad de obras de este artista esparcidas por el mundo, es muy probable que ya te hayas cruzado con alguno de sus trabajos: Lisboa, Madrid, Londres, Hong Kong, Nueva York, Detroit, Dubai, Dakar, Moscú, Berlín, París…así hasta casi 100 ciudades.
Su técnica de hacer retratos tallando los muros marcan su estilo. La performance del acto artístico le ha llevado a realizar esta técnica utilizando pequeñas explosiones controladas. También ha aplicado el tallado sobre otro tipo de materiales: metal, corcho, madera, luces.
No se trata solo de la espectacularidad del realismo que consigue, sino del poso que deja su acto de belleza subversiva, devolviéndole el orgullo a un muro desapercibido o a una pared de una casa vulgar o en ruinas. Aunque como en todo arte, será el que mira quien decidirá si se asoma al otro lado del muro.
Una buena parte de sus trabajos están en Portugal, concretamente en el área de Lisboa, donde Vhils comenzó haciendo grafitis cuando era un niño. Sus muros pueden recorrerse siguiendo un mapa por las calles de la ciudad. Aunque sus trabajos no son exclusivamente callejeros, también realiza exposiciones en galerías de todo el mundo, y trabaja en otras áreas, como el diseño gráfico, animación, ilustración y audiovisual.
En España, contamos con tres ejemplos: Girona (2012), Tudela de Navarra (2013) y Madrid (2016). De éstas, la más reciente es un retrato del escritor portugués José Saramago en la fachada del antiguo Mercado de Pescados de la Puerta de Toledo, actual sede de la Universidad Carlos III, en la que Saramago fue nombrado Doctor Honoris Causa.
El 23 de febrero de 1916, Portugal requisó 72 buques alemanes que se encontraban anclados en los puertos portugueses. Así, Portugal entró en la 1ª Guerra Mundial del lado de los aliados. Uno de esos buques, el Lahnek de la compañía Deutsche Dampfschiffarts Gesellschaft Hansa, fue rebautizado con el nombre Gil Eannes y se convirtió, después de servir como buque de guerra, en orgullo de la marina como buque hospital con una larga trayectoria.
Actualmente, el Gil Eannes ya no es el que era. El buque hospital ya no asiste en los mares de TerraNova a los bacaladeros portugueses. El Gil Eannes está retirado y es ahora un buque museo que recuerda su propia historia. Pero, además, este Gil museo tampoco es aquel buque aprehendido a los alemanes; este, construido en1955 en los astilleros de Viana do Castelo, sustituyó al ajado buque de la Gran Guerra y sirvió hasta 1984.
Tras su amarre definitivo su suerte estuvo tambaleándose durante más de una década hasta que la Cámara de Viana lo rescató y lo reformó rescatando sus memorias.
El buque amarrado hoy en Viana do Castelo se puede visitar y en él se puede descubrir todo lo que sirvió este navío: buque hospital, de mando, correo, remolcador, rompehielos. Realizó la mayor parte de su servicio en los mares de TerraNova y Groenlandia, llevando víveres y correo a los marineros, asistiéndoles en las largas y frías temporadas de la pesca del bacalao, o incluso abriendo paso entre hielo a otras naves que quedaban encalladas.
Según se guarda en los registros, a pesar de la gravedad de algunos de los casos en los que el buque hospital tuvo que asistir, nunca murió un marinero a bordo; aunque sí sirvió también como transporte de difuntos hasta los cementerios reservados a los portugueses de St. John’s en Terranova o Hollsteinborg en la costa este de Groenlandia.
Después de esta etapa, volvió a servir como mercante en diferentes travesías por todo el mundo.
Cabo Bojador, cabo de la costa atlántica norteafricana, situado en la costa norte del Sáhara Occidental.
Gil Eannes lleva la historia también en su nombre. Fue un escudero del Rey D. Henrique. El primero que atravesó el Cabo Bojador, de cual circulaban leyendas de monstruos marinos, y consiguió regresar. Como prueba de su hazaña trajo un ramo de flores a las que llamaron “rosas de Santa María” en honor de a quien los portugueses hicieron patrona de África en 1415.
Puede estar seguro el primero de estos tres Gils, el valiente escudero, que los otros dos le han seguido la estela.
Esta torre fue durante algún tiempo una referencia para los barcos que entraban Duero arriba hacia Oporto. Hoy, puede seguir siendo referencia para muchos en la ciudad, para no perderse y orientarse. Es la Torre de los Clérigos.
Es como un faro. Los faros se ven desde muchos sitios y desde ellos se puede establecer un punto guía.
Después de tantos paseos por Oporto, tantas visitas fugaces y largas estancias, por fin subí los doscientos y pico escalones. Y allá arriba, a 75 metros de altura comprendí el perímetro de Oporto.
La Torre dos Clérigos, proyectada por el arquitecto Nasoni, fue la casa de la congregación que formaron la Cofradía de los Clérigos Pobres de Nuestra Señora de la Misericordia, la Hermandad de San Felipe de Nery y la Cofradía de los Clérigos de San Pedro. La finalidad de esta congregación era la de socorro a los clérigos pobres.
La Iglesia de los Clérigos y la enfermería se completaron con la construcción de la torre en un terreno baldío que les fue cedido, entre 1732 y 1779. Aquel terreno baldío era estaba entre la Fonte da Arca (Fuente del Arca), hoy Praça da Liberdade, y el lugar donde se enterraba a los que morían en la horca y a los que morían en las celdas de la cárcel, Adro dos Enforcados (Átrio de los Ahorcados).
A medio camino entre el suelo y la cima de la torre se pasa por el carrillón de concierto, no sin cierto temor de sentir retumbar el sonido golpeando contra las gruesas paredes de granito que forman la torre. Al llegar arriba del todo, hay una especia de balconada desde la que sentir la respiración de la ciudad, distinguir la línea del Duero que separa Oporto de Gaia, reconocer la Avenida da Liberdade, la estación de São Bento y la Catedral. Y justo a los pies de la torre, la plaza de Lisboa, hoy recuperada, pero que durante años estuvo abandonada y antes de eso, fue el Mercado do Anjo (hasta 1952) (Mercado del Ángel).
La ciudad no termina en una vista de 360º, en cada vuelta se desenrosca una capa y como un faro, nos va dando luces sobre sus rincones.