Etiqueta: Libros

  • Le he pedido a Miguel que se calle

    Le he pedido a Miguel que se calle

    Lo que he aprendido de Los restos del día, de Kazuo Ishiguro, sobre mis personajes

    Los restos del día no estaba en mi lista de pendientes.

    Entró por una vía bastante diferente: me propuse leer con propósito. Leer pensando en las historias que llevo años queriendo contar, en mis personajes y en las cosas que todavía no sé hacer bien. 

    Al terminarlo, me reencontré con Miguel. Miguel llevaba años en un cajón. Y creo que al rescatarlo he entendido una de las cosas que me estaba costando de él. Quería conocerlo perfectamente. Le preguntaba: Miguel, ¿en qué piensas?, ¿por qué haces lo que haces?, ¿qué quieres hacer en el futuro?…

    Quería tener respuestas para todo.

    Leyendo Los restos del día me he parado a pensar que Miguel no necesita saber quién es al dedillo para poder contarse. Los personajes, como las personas, no siempre actuamos por razones obvias para nosotros ni para los demás. A veces, hacemos algo y solo después encontramos una explicación que nos convenza.

    En ese punto también entra el lector. El lector hará sus conexiones e interpretaciones. Tal vez encontrará una motivación que ni el propio personaje se había planteado. las conexiones. Así que he sacado a Miguel del cajón y le he pedido que se calle un poco.

    Le he pedido que no se justifique, que omita información, que se contradiga. Que como Stevens puede hablar mucho, pero no hace falta que cuente gran cosa. Puede, incluso, permitirse caerme un poco mal.

    Otra cosa que tendré en cuenta es que Miguel no tiene por qué dar ni un paso para que las cosas cambien. O puede hacer un gran viaje, pero no ser necesariamente lo que haga que las cosas sean diferentes.

    Esto es parte de lo que me llevo de esta lectura.

    Stevens, el protagonista de Los restos del día, es un poco pedante y aburrido. Aún así sus devaneos te embaucan y sigues escuchándole. Él hace el viaje (literal, en coche) pero el desplazamiento se produce en el lector. Nuestra mirada sobre Stevens va cambiando y lo que al principio parece simple rigidez se percibe como algo más complejo. Eres consciente al leerlo de que muchas de las cosas que como lector entiendes sobre él, el propio Stevens no llega a comprenderlas.

    Por eso con Miguel, tengo que aprender a hacer esto. Escucharlo cuando no responde, dejarle recuerdos incompletos. Sacarlo del cajón y hacerle menos preguntas.

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  • ¿Por qué nos gusta llorar con los libros?

    ¿Por qué nos gusta llorar con los libros?

    Dos novelas sobre la muerte, la pérdida y esa extraña forma de esperanza que queda cuando la vida no sale como esperábamos.


    —¿Estás llorando, mamá?
    —Sí, es por el libro…
    —¿A ver? «Cambiar el agua de las flores» —lee en la portada—. ¿Es triste?
    —No exactamente.
    …
    —¿Estás llorando otra vez, mamá? —Sí…
    —¿El libro de las flores?
    —No, este es «El colibrí».
    —¿Lloras con flores y pájaros?
    —No, exactamente.
    —Entonces, te gusta llorar.
    —Bueno… creo que me gusta emocionarme.

    Dos de los últimos libros que he leído me han dejado la misma sensación: la vida no siempre tiene sentido… hasta que lo tiene.


    «Cambiar el agua de las flores», de Valerie Perrin, es casi un poema escrito en prosa.
    Un solo ser nos falta y todo parece despoblado, así abre el primer capítulo. Un total de 94 títulos que parecen un poema. Y como sucede con la poesía: se lee y luego se entiende y, más tarde, se vuelve a entender.
    El libro cuenta una vida dura, muy dura, la de Violette, sin embargo, es un libro optimista y hermoso. Presenta historias de amor que parecen exageradas o desequilibradas, como de telenovela. Aun así, en esa grandilocuencia soy capaz de reconocer sentimientos: una pasión fuera de horas, un primer amor…
    Aunque, sin duda, lo más bonito es ver cómo se construye la vida en un lugar destinado a la muerte. El cementerio consigue traspasar las páginas y presentarse como un lugar donde vivir en paz, lo imaginaba como un espacio casi místico en el que no me importaría pasar unos días. Leía y tenía la sensación de que era el mejor homenaje que se le puede dar a nuestros antepasados, no por visitarlos, sino por reconocer en su lugar de descanso un sitio también de paz para los vivos.


    «El colibrí», de Sandro Veronesi, es la historia de un hombre tan normal que parece extravagante. Los avatares del destino no se lo ponen nada fácil, ni siquiera sus propias decisiones lo son, y la vida termina arrastrándolo.
    Entré en el colibrí engatusada por el halo de vitalidad que me transmitía la portada y una frase cazada al vuelo que hablaba de esperanza y vivir con intensidad hasta el final.
    Me sumergí en la historia pensando que no sufriría, no había entendido nada.
    Está escrito de una manera magistral: cartas, cuentos, narrador omnipresente, mensajes de whatsapp. Las fechas se saltan, no es una cronología lineal. Requiere un pequeño esfuerzo para ir componiendo el puzzle.
    Por otro lado, quien nos cuenta la historia no siempre es la misma persona. El retrato del protagonista se completa con otras voces. Así, el aprecio, respeto y empatía que llegues a sentir por él, Marco Carrera, no se cierra hasta que como lector decides cómo mirarlo. Yo me decanté por la ternura. He sentido mucha ternura por él en todo momento. Y no es baladí que use la palabra ternura, es una expresión repetida en diferentes momentos y que resultará clave para el desarrollo de la historia. Sin esa mirada enternecida, la novela hubiera sido otra.


    En ambos libros, me encontré pensando lo mismo: sálvalos. Se lo decía al escritor. Iba leyendo, sabía que sucedería algo terrible y aún así, con cierta ingenuidad, pensaba que tal vez se produjera un giro de guion. Si me pongo en la piel de quien escribe, solo me lo puedo imaginar con los ojos vidriosos, explicando a sus personajes que no puede hacer nada, pero que les promete ayudarlos a salir del agujero.

    ¡Qué ejercicio tan valiente para quien escribe! Pero es que así es la vida: deseos que no se complacen, sentirse solo, quererse solo y descubrir que las cosas no salen como esperábamos. Y, a pesar de ello, encontrar algo parecido al optimismo.
    Eso es exactamente lo que hacen “Cambiar el agua a las flores” y “El colibrí”. Muestran un optimismo que es todo menos ingenuo, es un optimismo consciente de que las cosas suceden y las decisiones vienen después: ¿qué hacemos con el dolor? ¿Qué lugar le damos a todo lo malo que nos pasa?


    Sí, mi hija tiene razón: me gusta emocionarme. Me gusta pasar las páginas, conversar con sus protagonistas, incluso con sus autores, y mirar mi vida a través de sus ojos.

  • Peñíscola después de Jerusalém

    Peñíscola después de Jerusalém

    Cómo leer cambia los lugares

    Subir al castillo, dejar que la noche me encuentre en la playa, comer un helado, bañarme bajo la luna, comprar uno o dos libros en la librería París. En invierno lo llamaríamos rutina. En Peñíscola son rituales.

    Esta vez llegué con Jerusalém, de Gonçalo M. Tavares, en la maleta. La tercera novela de O Reino, la tetralogía con la que el escritor portugués explora distintas formas del mal. Como suele sucederme, el libro terminó infiltrándose en los lugares que visitaba y alterando mi manera de mirarlos. (Como ya me pasó en la ruta romana de Astorga con Pomponio Flato)

    El castillo de Peñíscola guarda historias de cruzadas, templarios y del papa Luna. La visita guiada reconstruye ese pasado a través de un único personaje. Avanzamos por las estancias, la guía narra escenas y yo me sorprendo pensando que Tavares hace algo parecido en Jerusalém: construye la novela desde las personas que encarnan los acontecimientos.

    «Pedro Martínez de Luna fue elegido papa durante el Cisma de Occidente. Cuando apenas le quedaban partidarios se refugió en Peñíscola. Siguió firmando documentos, nombrando cardenales y ejerciendo una autoridad que el mundo ya no reconocía. Nunca renunció», explica la guía.

    Con esas palabras aparece en mi cabeza, inevitablemente, Theodor Busbeck. No sé si el personaje se parece o no al Papa Luna, pero ambos viven encerrados en una certeza. Cada uno la suya. Hay algo profundamente literario en esa obstinación. La imagen del anciano rodeado de piedra y de mar, aislado del mundo, convencido de una verdad que ya casi nadie comparte. El papa Luna podría ser uno de los personajes de Jerusalém.

    La guía añade otro detalle: con noventa años, Benedicto XIII retuvo durante siete horas a un emisario del papa de Roma para defender la legitimidad de su pontificado. Imagino ese discurso interminable, pronunciado primero para convencer a su interlocutor y después, quizá, para convencerse a sí mismo.

    Busbeck sostiene una idea inquietante: quien no busca a Dios está enfermo y debe ser tratado. Vista desde ahí, la obcecación del Papa Luna adquiere otro significado. En Jerusalém cuesta distinguir con claridad dónde termina todos tienen motivos y todos están locos. Los personajes viven atrapados en un trauma, una culpa o una obsesión. Todos son islas.

    También este castillo. Aunque ya no lo separe del continente una lengua de arena, sigue suspendido entre el mar y todo lo demás.

    La novela funciona como un interruptor. De pronto dejo de mirar la fortaleza como un monumento y empiezo a verla como una sucesión de conflictos. Subo las escaleras intentando colocar el escudo como indica la guía. «Te atacarían por la derecha». El gesto dura apenas unos segundos, lo suficiente para imaginar el peso de aquello que habitó estas piedras: la violencia, la culpa, la necesidad de salvación.

    Nunca había reparado en que casi todos los grandes edificios históricos se explican desde la violencia: la que motivó su construcción, la que ejercieron o aquella de la que pretendían protegerse. La belleza de las piedras superpuestas suele ocultar historias de barbarie. Busbeck habría recorrido este castillo buscando precisamente eso.

    Hay algo que admiro especialmente en Jerusalém, y en toda la saga O Reino: el espacio que Tavares deja al lector. Sus novelas nunca clausuran el sentido. Obligan a completar las conexiones, a decidir quién está realmente cuerdo y quién no, a seguir pensando cuando ya se ha cerrado el libro. Quizá por eso la lectura acaba contaminando la realidad.

    Cuando termina la visita tengo la impresión de que la frontera entre ambos relatos se ha diluido. El castillo es el mismo de cada año, pero Tavares ha conseguido que lo lea de otra manera.

  • Crónica sobre la ruta romana de Astorga en ileon

    Crónica sobre la ruta romana de Astorga en ileon

    Lo que leo siempre acaba colándose en mi vida. Esta vez de una manera especialmente redonda.

    El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza, me ha acompañado estos días e inevitablemente me ha acompañado también a la ruta romana de Astorga.

    Astorga fue Asturica Augusta. Desde pequeñita me enseñaron aquello de «Bimilenaria ciudad de Astorga». Fue en aquellos inicios de su existencia capital del oro del noroeste. En ella se asentó la Legio X Gemina, después de luchar por el terreno contra los astures y cántabros que allí vivían. Mucho más de esta historia ha quedado grabada en el subsuelo con una precisión sorprendente.

    Leer el artículo completo en ileon: El asombroso viaje de Pomponio Flato en las termas de Astorga

  • Escribir para hacer habitable el silencio. Sobre Luciérnaga, de Natalia Litvinova

    Escribir para hacer habitable el silencio. Sobre Luciérnaga, de Natalia Litvinova

    Los desastres que se quedan latentes, esos con los que la gente convive con la naturalidad de lo cotidiano, me vuelan la cabeza. Chernóbil es uno de ellos.

    El año pasado leí Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévic, y aquellas voces me persiguen y me han llevado hasta Luciérnaga, de Natalia Litvinova.

    De ambas lecturas puedo decir lo mismo: lo que más me impresiona es la belleza del horror. La capacidad de encontrar algo poético en lo putrefacto. La manzana más hermosa, la mejor cosecha de patatas, el agua más transparente… y la amenaza invisible que encierran. La muerte es real.

    Luciérnaga no es solo la historia de una mujer que nace el mismo año que la explosión de Chernóbil. Es la memoria de tres generaciones atravesadas por algo que no se ve y de lo que no siempre se habla. Luciérnaga, como la radiación, es eso que está ahí aunque nadie lo nombre.

    Natalia Litvinova construye un relato familiar delicado y feroz a la vez. Un relato que es a la vez hechos históricos y álbum de familia. La infancia, marcada como todas por la inocencia que trata de completar aquello que los mayores solo explican a medias.

    “Cuando era niña creía que por las noches la radiación salía de mí e iluminaba el cuarto como una pequeña lámpara.”

    Esa imagen es una excelente muestra de la poesía que encierra su título.

    Me encanta cómo convierte las emociones en algo tan visual como unas manchas en la nieve.

    “La nieve se volvía sucia. Las enormes manchas grises que dejaban nuestras alfombras me producían una tristeza que no era capaz de explicar.”

    Y, ante todo, a pesar del silencio que la rodea, se nutre de la necesidad de contar, de revivir la memoria. Escribir se convierte en el acto necesario para que el silencio sea habitable. Por eso también usa el realismo mágico para traer de vuelta lo que nadie le ha llegado a contar nunca, lo que su madre calla y su abuela se llevó al pantano. 

    Luciérnaga (editorial Lumen) es un libro luminoso, no cegador. Es un texto plagado de poesía, porque Natalia es poeta. Una vez más, llego a las poetas a través de su prosa.

  • No leí por valentía, leí por deseo. «Mañana», de Olalla Castro.

    No leí por valentía, leí por deseo. «Mañana», de Olalla Castro.

    Casi abandono, casi.
    Una madre pasando por el duelo de una hija. Nada más empezar. Sin anestesia. “Una hija es como un miembro fantasma que nunca te deja de picar”, cita. Ahí ya me dolía todo. La voz de la protagonista seguía escarbando y cada una de sus frases se queda vibrando en algún sitio incómodo del cuerpo.

    Seguí leyendo. Seguí con esa sensación de estar entrando en un lugar donde no sabes si deberías quedarte. Y casi lo vuelvo a dejar. Entré en la historia de otra mujer. Otra vida. Un matrimonio concertado y el maltrato en el lugar de la decepción. La descripción de la violencia no es macabra, pasaría por la normalidad incluso. Hay rebeldía en este personaje, pero también aceptación. La salida parece inviable.

    Aun así, continué.

    No por valentía ni por disciplina lectora. Continué porque me obsesionan las palabras. El efecto que tienen. El modo en que el lenguaje puede sostenernos o hundirnos. La capacidad que tenemos para comunicarnos de tantas maneras. Continué porque la esperanza en esta historia está en el lenguaje.

    Aunque suene ingenuo.

    Mañana es un libro fácil de leer, difícil de transitar. No ofrece un consuelo rápido. Olalla Castro escribe desde un lugar muy profundo. En muchos momentos me he preguntado cómo se sobrevive a escribir algo así, cómo no te rompes del todo al ponerte las voces y los silencios de esos personajes. Después descubro las chispas de belleza y los destellos breves que van ganando espacio.

    También está el deseo. Hay algo muy poderoso en cómo el deseo busca surgir incluso en situaciones límite. Sí, también seguí por el deseo.

    “Mañana” es la primera novela de Olalla Castro, poeta y ensayista. En una entrevista, Olalla describe su poesía antes de Mañana como oscura. No he leído su poesía. Siempre llego a las poetas a través de su prosa.