Es la vida

Encontré el libro en el trastero de la casa nueva. Los antiguos inquilinos habían dejado algunas cajas olvidadas, restos de otra vida. Se lo enseñé: ¡Mira!

Lo cogió, lo miró: ¿No lo has leído?, preguntó poco convencido.

Esa fue la señal definitiva. Tenía que leerlo. 

Había leído fragmentos en el instituto. ¿O fue en la universidad?. Nunca entero. La película siempre me dio miedo y, aun así, muchas mañanas amanezco con su banda sonora en la cabeza y la utilizo de base para cantar lo que voy haciendo.

Acabo de cerrar el libro y estoy esperando a que me lo vuelva a preguntar. Le diré: sí, ahora sí. Y sentenciaré: La historia interminable es la vida.

No dejaré de sostener el libro entre mis manos, mientras, con más calma, le explicaré que el viaje de Atreyu me ha fascinado. Que se lo quiero leer a las niñas. También confesaré, acariciando el lomo, que Bastián me ha caído mal durante casi todo el libro. Y buscaré su comprensión cuando añada: Creo que me ha incomodado reconocerme en algunas de sus actitudes.

Le leeré, ya que lo tengo entre las manos, las frases que podría tatuarme o usar para bordar una camiseta. Por último, y solo después de explicarle con detalle pasajes enteros, le diré que incluso entre toda esa fantasía, está la vida: la aceptación, el valor, el peso de los deseos… y el amor.

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