Pospuse dos veces la lectura de “Contra el silencio: un viaje por las etapas del duelo después del suicidio”, de Alberto Gómez (libros.com). Llevo con este texto en el ordenador desde hace ya un año.
Sí, me da vértigo el tema: la muerte. Lo sé, me pasa como a muchos, la muerte es ese tema que se enfrenta cuando llega, pero con el que no nos sentimos cómodos. Siempre he tenido pánico por la propia y por la ajena. Desde pequeña. Recuerdo que cuando mis padres me dejaban con mi abuela, me preocupaba que se muriera estando solas, era mayor y las personas mayores se mueren. Entonces, hubo un tiempo en el que me convencí de que las personas solo se morían en los hospitales. Inocencia pura.
Más tarde, encima resultó que las personas se pueden morir en cualquier parte y que no hace falta que sean mayores, ni que pasen por una enfermedad, ni que se les note. Puede ser inesperado y fortuito. Así que leer el libro de Alberto ha sido todo un ejercicio de salir de la zona de confort.
El suicidio se lleva cada año en España a cerca de 4000 personas, no es anécdota ni un tema que deba quedar arrinconado en nuestra sociedad.
Alberto, periodista jerezano, afincado en Barcelona, recoge en el libro su propia experiencia tras 23 años de silencio después de la muerte de su hermano por suicidio y recoge también el testimonio de otras diez personas que como él han estado calladas demasiado tiempo, ocultando su sufrimiento.
Tiene también un libro de microcuentos, “Por un momento” (libros.com). Un género que continúa cultivando habitualmente en su cuenta de Instagram, en las notas de su teléfono y en trozos de papel en los bolsillos.
He tenido la oportunidad de hablar con Alberto en diferentes ocasiones sobre su libro y en general sobre el duelo, el proceso de escribir… Le he preguntado por cómo lo ha escrito, si ya había usado la escritura durante su época de silencio. He escrito cosas antes, no he dejado de escribir nunca. Yo empecé a escribir la misma noche que murió mi hermano, y eso lo conservo, ese papel escrito a mano. Ya en mi anterior libro de microcuentos había algunos dirigidos a él. Pero este libro, lo concebí después de asistir a un grupo de duelo tardío. Llegué a casa después de una sesión y comencé a escribir. Lo hice por mí, pero también por ellos. Ese grupo es un lugar seguro, me dijo en una ocasión.

Por fin, en un viaje en tren, me dispuse a ordenar las ideas y le hice una entrevista más pausada.
Es inevitable preguntarle por cómo surge su compromiso con asociaciones de prevención del suicidio y con darle visibilidad en los medios de comunicación.
– Hay personas que puede que no sean tan activas, simplemente porque no les llama la atención ser más activas. En mi en mi caso, hay dos cosas: una, que todavía hay gente que me habla del libro y dos, que como periodista me doy de bruces con muchos textos mal escritos con malas praxis. Y también me surgen posibilidades, por la razón que sea, de entrevistar a alguien que tiene que ver con suicidio o con la salud mental.
Qué mejor arma, además de la literatura, que los medios de comunicación, las entrevistas en radio, televisión, en medios digitales o en papel para tratar de visibilizar que no estamos bien como sociedad, que tenemos muchos problemas mentales, que no hay recursos y que los grupos de duelo, que ha sido mi herramienta (DSAS, Després del suïcidi, en mi caso), no un recurso de la sanidad pública, ni de la sanidad privada, sino un recurso de una entidad me ha servido muchísimo para para salir de ese silencio.
En otras conversaciones ha surgido el tema de la conexión con los otros, de que para hablar de duelo con otra persona se nota cuando hay sensibilidad. Creo que ahí, Contra el silencio, cumple con un papel clave. Alberto pincela cada capítulo con las experiencias de otras personas en su situación con la delicadeza que promulga. Entonces, me pregunto si es consciente de que su paso al frente haya servido a otros para romper el silencio o sentirse más acompañados.
-Muchas personas de manera anónima, me han dicho: gracias por contarlo, en mi familia también, en mi familia también, en mi familia también… También existía el mismo problema. En una presentación en Ávila, hubo una chica que me dijo: estoy por acercarme a un grupo de duelo. Y yo en la dedicatoria le puse: si te apuntas a un grupo de duelo, te vas a sentir muy bien recibida y si logras acudir, avísame. Fue un gesto para decirle, creo que lo vas a conseguir.
No sé qué tantas acciones en sí habrá llevado la gente que haya leído mi libro, pero sí que mucha gente se ha puesto en la piel de los que hemos sufrido una muerte por suicidio, eso seguro, y que se ha visto reflejada porque por desgracia hay muchísima familias que han sufrido un suicidio en sus carnes.
Y desde los medios, ¿cómo se puede trabajar la prevención y las noticias de casos?
-Hace muchos años que en las noticias de violencia machista se pone abajo un teléfono* y una serie de recursos para que la persona que lo está leyendo, si se entera de que la amiga, la vecina, la sobrina… o ella misma, la está sufriendo sepa a quién acudir. Eso ahora lo estamos pidiendo desde la entidades y las familias que hemos sufrido un suicidio de un familiar. No cuesta nada.
Ahora hay varias paradas del metro de Barcelona donde también aparece el número (de teléfono). Ese número si se extiende, llegará un momento que la gente lo interiorice. Toda campaña es poca para el número de suicidios que hay hoy todavía.
En cuanto a una vez que ha pasado, no hemos podido prevenir y hay un suicidio, hay varios casos flagrantes donde la praxis no es buena, es muy mejorable. Una se da en los casos de famosos, donde hay barra libre para decir de todo. Sin certezas no se debería publicar nada. ¿Entonces por qué especulamos en estos casos?. Se hace daño a la familia. Hay muchos detalles, que son meras especulaciones que se publican, y esto sobre todo pasa en casos de famosos.
Y, el otro día, Cecilia Borrás, de DSAS, me decía que también pasa en los casos de suicidios en pequeñas poblaciones porque se sabe mucho de esa familia y de esa persona.
En resumen, tendríamos que escribir como si escribiéramos sobre la muerte de uno de nuestros mejores amigos. Si escribiéramos así, no contaríamos determinadas cosas ni pondríamos determinadas expresiones.
- El teléfono de atención del Ministerio de sanidad es el 024. Disponible 24 horas.
El tren sigue avanzando, ya no sé por dónde vamos. Seguimos hablando sobre el silencio. ¿Será que el silencio era solo con los demás, a quienes no expresaba sus sentimientos o simplemente no contaba su historia, o también se cerraba en banda consigo mismo? Me cuenta que se refugiaba en la escritura: No me analizaba, pero sí que dejaba plasmadas mis emociones por escrito en ese momento. No sé si podría analizarlas, si he ido evolucionando o no, pero está claro que el cambio es una vez que pongo un pie en DSAS, veinte años después.
Veinte años son mucho tiempo para llevar una mochila tan llena de silencio, que curiosamente puede llegar a pesar más que las palabras. ¿Te da miedo la muerte, Alberto?
-¿Si me da miedo la muerte?… Hubo un tiempo en mi adolescencia que quizá sí. Pero hoy por hoy, no. Tengo muchas ganas de vivir, muchas ganas de disfrutar, muchas ganas de recuperar cosas a nivel personal que me hacen sentirme vivo. Ojalá pudiera jugar al tenis cada día. Ojalá pudiera ir al cine más de lo que voy. Y no temo o no pienso tanto en la muerte.
Más que la muerte de mi hermano, yo lo que he estado pensando siempre es todo el tabú y el silencio que nos provocó. El hecho de que no se hable de una persona. No tanto en sí de la muerte.
¿Y por qué crees que se habla tan poco de la muerte en general?
-Hay una serie de tópicos que inundan a una persona cuando alguien muere por suicidio. Entonces, te dices, si la sociedad va a pensar esto sobre mí, para esto, no lo cuento. Hemos hablado en otro momento sobre el duelo perinatal, ¿qué puedes pensar sobre una mujer que ha perdido un bebé durante el embarazo? Nada malo, pero como hay tanto tabú, esa mujer le cuenta muy poca gente que ha tenido un aborto y habla poco de ello.
No nos han educado en cómo gestionar una muerte. Nos han educado con una serie de valores, pero no en cómo hablar de esa persona que ya no está.
Y quien mejor lo hace son los niños pequeños, porque lo hablan con una naturalidad que ya nos gustaría a los adultos.
No sabemos hablar de esa persona que ya no está. Por ejemplo para recordar una trastada que hizo. Mi hermano, en la época de juventud, de primeros cigarros y tal, quemó una tienda de campaña en un campamento. ¡Menuda trastada! ¿Por qué no recordarlo y sacarlo en una conversación? Anda que la lió buena. Le echaron del campamento.
Tendríamos que honrar a las personas que no están y hablar de ellos. Por qué no hablamos de la gente anónima que ha hecho cosas bonitas, por qué no sacarlos en una conversación alrededor de la mesa con unas lentejas o un arroz a la cubana.
Cambia el peso del cuerpo de pierna y se arriesga al equilibrio del traqueteo del tren para continuar hablando ahora de escribir. El proceso refugio y que de forma continuada cultiva en forma de microcuentos. ¿Cuáles son tus temas obsesión?, le pregunto Y por si queda alguna duda, me subraya que obsesionarse puede tener un lado positivo. Estoy de acuerdo, cuéntame, cuáles son esas obsesiones:
-La felicidad de la infancia.
Tardo un segundo en contestarte a qué edad volvería a vivir. Me trasladaría rápido entre los 7 y los 11 años, me parece una edad maravillosa, que disfruté mucho. Jugaba horas en una plaza y esa infancia está muy presente en cosas que escribo, relatos largos y sobre todo en los microcuentos, que es lo que más cultivo últimamente.
Esa infancia bonita, esa infancia cándida, de esa pulsera que le regala un chico o una chica a otro y que es un tesoro, aunque a lo mejor es una gomilla del pelo, pero se convierte en un tesoro.
También el amor en cualquiera de las fases y en cualquier edad.
La muerte, no, sino el echar de menos. Me gusta mucho la expresión y es bonito decirle a una persona: te echo de menos. Te quiero, sí, es muy bonita, pero a mí me gusta la expresión “te echo de menos”. Me encanta la canción de Pedro Guerra, “De menos” y me sé la historia un poco de cómo la escribió…
Creo que muchas de las historias que he escrito y muchos de los microcuentos que escribo vienen a relatar que alguien echa de menos a otra persona.
Y también, y uno de mis hijos se ríe mucho por ello, me gusta escribir de la duda ante una cita: muchos de mis microcuentos están basados en una cita y la incertidumbre de si la otra persona llega o no. Me parece una forma muy descriptiva de lo que es la vida, esas cosquillas que uno puede tener en el interior, de estar muerto de miedo, de la duda de si va a aparecer o no.

¿Y por qué microcuentos?
-Me gusta resumir en unas líneas una situación que sea muy fácil de imaginarse. Eso sí, me gusta también esconder algún detalle para que dos lectores se imaginen dos cosas diferentes. Para que quien lee disfrute elucubrando la historia como yo disfruto elucubrándola cuando la escribo.
¿Has convertido alguno en largo?
-No, lo he hecho al revés, alguna historia larga que tenía la he condensado en un microcuento.
Ha sido un juego que me ha dado diferentes satisfacciones. La más grande cuando alguien me propuso hacer un libro.
A nivel editorial ha sido uno de los dos momentos más importantes de mi vida. El otro fue cuando yo les propuse hacer un libro con la historia de mi hermano y me dijeron que sí.
Le confieso que al leer su libro de microcuentos primero me sentí reflejada, muchas de sus historias también me han pasado a mí, después empecé a sentir un poco de pudor porque me parecía estar entrando en su diario.
No todas (las historias) son reales, muchas son 100% reales o 90% y otras muchas son deseables: ¿he deseado que eso me pase a mí? Sí.
Otras son totalmente inventadas, a mí nunca se me caería el móvil en el baño o no se me ha caido nunca el móvil en un charco, cosas que a mucha gente les ha pasado. Pero me encantó elucubrar la impotencia de una persona cuando se queda sin móvil por culpa de un charco y no puede llamar a esa persona a la que le gustaría llamar.
Mientras habla del proceso, de dónde va a buscar sus relatos, los ojos le brillan y enfatiza con las manos lo que explica. ¿Cuánto de terapia es para ti escribir?
-Muchísima. Es plasmar por escrito tus emociones, si las relees al cabo de unos días puedes ver cómo estabas en ese momento.
¿Relees?, le interrumpo:
-Sí. En el caso de lo que escribí cuando pasó lo de mi hermano, lo he releído con detenimiento, con sufrimiento y también con perspectiva. Creo que es 100% terapéutico, los profesionales de la salud mental lo recomiendan, también recomiendan hablar, que es más difícil, pero sobre todo que escribamos.
Ahora, ¿terapéutico quiere decir que mejoras? No sé, a lo mejor quiere decir solamente que te sientes bien escribiendo. A lo mejor, no sales del agujero ese día. A lo mejor, no te duchas y sales a la calle. Pero te has sentido bien escribiendo. A mí me gusta pensar que cada vez que escribo me siento bien, me vengo arriba, me motivo.
Lo del suicidio lo he ido desglosando poco a poco. Cualquiera que analice al detalle todo lo que he escrito en mi vida podría notar que había una ausencia y también que ha habido algún que otro desamor. Mi primer amor con 17 yo lo llevo ahí en el corazón y he escrito muchas cosas que espero que ella no haya leído (o sí) -ríe.
He dejado un cierto rastro de mis sentimientos y emociones en cosas que he publicado o he enviado a gente por email.
Y hay cosas que no se las he enseñado a nadie.
Pero en algún momento, yo creo que coincidimos todos los que escribimos: escribimos para que alguien nos lea. Aunque ¿escribiría en una isla desierta o en una orilla donde se que va a llegar una ola? Sí que escribiría.
Aún así, escribo para compartir mis emociones con otras personas.
Casi he llegado a mi destino, la conversación gira hacia cualquier otro tema sobre la vida, las aficiones o el trabajo. Acabo afirmando con él que sí, que yo también escribo para que otros me lean. En esta ocasión, he escrito en un proceso largo, pausado, porque su historia es relevante y la sensibilidad que ha construido es importante y merecen el tiempo de escribir y de leerlo.
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