Ruinas romanas de una domus encontrada en el subsuelo de Astorga y portada del libro El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza

El asombroso viaje de Pomponio Flato en las termas de Astorga

Lo que leo siempre acaba colándose en mi vida. Esta vez de una manera especialmente redonda.

El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza, me ha acompañado estos días e inevitablemente me ha acompañado también a la ruta romana de Astorga.

Astorga fue Asturica Augusta. Desde pequeñita me enseñaron aquello de «Bimilenaria ciudad de Astorga». Fue en aquellos inicios de su existencia capital del oro del noroeste. En ella se asentó la Legio X Gemina, después de luchar por el terreno contra los astures y cántabros que allí vivían. Mucho más de esta historia ha quedado grabada en el subsuelo con una precisión sorprendente.

Clara fue nuestra guía. Mientras ella nos explicaba, yo imaginaba a esos romanos visitando hoy sus propias ruinas. Parecían orgullosos al escuchar que sus calzadas o el trazado del foro han aguantado una ciudad encima todos estos siglos, y los ojos les brillaban cuando Clara decía: «solo podemos recorrer este tramo del alcantarillado, porque hay una buena parte que sigue funcionando a día de hoy bajo nuestros pies.»

Han pasado más de dos mil años y el agua sigue corriendo por donde ellos la mandaron ir.

Cuando entramos en las termas menores, aparece Pomponio Flato a mi lado. Cada vez que Clara nos advierte que las aguas de los ríos no son de fiar y los romanos ya lo sabían, él asiente con suficiencia. Se mueve entre el grupo con total naturalidad. Clara continúa explicando cómo hacían circular el agua sucia de las termas hacia el Jerga y nos desvela que en una de esas canaleras se encontró un pendiente de mujer. Ante el anuncio se forma un poco de alboroto y Pomponio aprovecha para disimular sus ventosidades.

Salimos al exterior y el Teleno nos mira desde el horizonte. Mantiene todavía un rastro de nieve en la cima. Al oeste la Maragatería y al sur La Cabrera —tierra de pizarra—, es normal que los romanos quisieran instalarse aquí. Pomponio se queda ensimismado, aguzando la vista para encontrar los regatos que aún no conoce, pensando que allí pueden estar las aguas que busca*. Entonces se vuelve y me dice que siga con la ruta. Que ya nos veremos cuando retome el libro. Después, por su naturaleza filósofa, aún me da un último consejo: «siéntete libre de reírte, suelta blasfemias y libera los gases si te incomodan. Los dioses así nos han hecho y lo aceptan con benevolencia.»

La ruta romana de Astorga es un viaje por una ciudad que se ha ido rescatando de la memoria del subsuelo, capa a capa. Bajo mis pies infantiles —porque aquí nací— ya existían otras calles recorridas por soldados romanos, mujeres, niños, comerciantes y por personajes relevantes que se han quedado sin nombre pero de los que conservamos un mosaico en una domus, monedas, abalorios, agujas para el pelo y enseres de casa.

Sobre el mosaico, por cierto, parece ser que existe otro muy parecido en el museo del Bardo de Túnez, y gracias a él se ha podido completar la interpretación del de Astorga.

Se acababa nuestra expedición y me quedé rumiando una frase de Clara: «Cada vez que se mueve la tierra, algo puede suceder.« Me hizo pensar sobre qué encontrarán de nosotros dentro de otros dos mil años. ¿Imaginará alguien nuestras vidas mientras camina sobre ellas? Si dieran con mi casa, podrían encontrar las páginas de El asombroso viaje de Pomponio Flato y descubrir que existían personas con la capacidad de ironizar y contar el mundo con la gracia y la inteligencia de Eduardo Mendoza. No está nada mal como legado.

Para mí no ha habido mejor coincidencia que acompañar esta lectura con la visita a las ruinas romanas de Astorga.

*Referencia explícita al propósito del personaje en el libro. Pomponio Flato es un filósofo romano en busca de unas aguas mágicas. En su camino se ve inmiscuido en la investigación del asesinato de un ciudadano rico a manos, supuestamente, del carpintero de Nazaret, José. El hijo del carpintero, Jesús, encarga a Pomponio descubrir al verdadero culpable. Los toques humorísticos se mezclan con las reflexiones filosóficas y la historia de las religiones.

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