portada para el articulo Por qué nos gusta llorar con los libros. Lele Sorribas, alpiedelafoto.com

¿Por qué nos gusta llorar con los libros?

Dos novelas sobre la muerte, la pérdida y esa extraña forma de esperanza que queda cuando la vida no sale como esperábamos.


—¿Estás llorando, mamá?
—Sí, es por el libro…
—¿A ver? «Cambiar el agua de las flores» —lee en la portada—. ¿Es triste?
—No exactamente.

—¿Estás llorando otra vez, mamá? —Sí…
—¿El libro de las flores?
—No, este es «El colibrí».
—¿Lloras con flores y pájaros?
—No, exactamente.
—Entonces, te gusta llorar.
—Bueno… creo que me gusta emocionarme.

Dos de los últimos libros que he leído me han dejado la misma sensación: la vida no siempre tiene sentido… hasta que lo tiene.


«Cambiar el agua de las flores», de Valerie Perrin, es casi un poema escrito en prosa.
Un solo ser nos falta y todo parece despoblado, así abre el primer capítulo. Un total de 94 títulos que parecen un poema. Y como sucede con la poesía: se lee y luego se entiende y, más tarde, se vuelve a entender.
El libro cuenta una vida dura, muy dura, la de Violette, sin embargo, es un libro optimista y hermoso. Presenta historias de amor que parecen exageradas o desequilibradas, como de telenovela. Aun así, en esa grandilocuencia soy capaz de reconocer sentimientos: una pasión fuera de horas, un primer amor…
Aunque, sin duda, lo más bonito es ver cómo se construye la vida en un lugar destinado a la muerte. El cementerio consigue traspasar las páginas y presentarse como un lugar donde vivir en paz, lo imaginaba como un espacio casi místico en el que no me importaría pasar unos días. Leía y tenía la sensación de que era el mejor homenaje que se le puede dar a nuestros antepasados, no por visitarlos, sino por reconocer en su lugar de descanso un sitio también de paz para los vivos.


«El colibrí», de Sandro Veronesi, es la historia de un hombre tan normal que parece extravagante. Los avatares del destino no se lo ponen nada fácil, ni siquiera sus propias decisiones lo son, y la vida termina arrastrándolo.
Entré en el colibrí engatusada por el halo de vitalidad que me transmitía la portada y una frase cazada al vuelo que hablaba de esperanza y vivir con intensidad hasta el final.
Me sumergí en la historia pensando que no sufriría, no había entendido nada.
Está escrito de una manera magistral: cartas, cuentos, narrador omnipresente, mensajes de whatsapp. Las fechas se saltan, no es una cronología lineal. Requiere un pequeño esfuerzo para ir componiendo el puzzle.
Por otro lado, quien nos cuenta la historia no siempre es la misma persona. El retrato del protagonista se completa con otras voces. Así, el aprecio, respeto y empatía que llegues a sentir por él, Marco Carrera, no se cierra hasta que como lector decides cómo mirarlo. Yo me decanté por la ternura. He sentido mucha ternura por él en todo momento. Y no es baladí que use la palabra ternura, es una expresión repetida en diferentes momentos y que resultará clave para el desarrollo de la historia. Sin esa mirada enternecida, la novela hubiera sido otra.


En ambos libros, me encontré pensando lo mismo: sálvalos. Se lo decía al escritor. Iba leyendo, sabía que sucedería algo terrible y aún así, con cierta ingenuidad, pensaba que tal vez se produjera un giro de guion. Si me pongo en la piel de quien escribe, solo me lo puedo imaginar con los ojos vidriosos, explicando a sus personajes que no puede hacer nada, pero que les promete ayudarlos a salir del agujero.

¡Qué ejercicio tan valiente para quien escribe! Pero es que así es la vida: deseos que no se complacen, sentirse solo, quererse solo y descubrir que las cosas no salen como esperábamos. Y, a pesar de ello, encontrar algo parecido al optimismo.
Eso es exactamente lo que hacen “Cambiar el agua a las flores” y “El colibrí”. Muestran un optimismo que es todo menos ingenuo, es un optimismo consciente de que las cosas suceden y las decisiones vienen después: ¿qué hacemos con el dolor? ¿Qué lugar le damos a todo lo malo que nos pasa?


Sí, mi hija tiene razón: me gusta emocionarme. Me gusta pasar las páginas, conversar con sus protagonistas, incluso con sus autores, y mirar mi vida a través de sus ojos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *