Hasta 7 veces lo he repetido: “esta es. Esta es la sensación que buscaba.”
La del olor a caca de vaca clavada en el fondo de la nariz. Aspirar. Recordar que una vez escribí: “El rural no huele a vaca, huele a flores, lluvia, hierba, madera, a limoneros a naranjos…” Aquí, hoy, en este otro lado, el rural sí olía a vaca. Y me encanta.
Aquí es Vidrà (Girona). El camino hacia el Salt del Molí baja hasta el río Ges entre bosque y piedras. Cruza el antiguo puente de Salgueda y llega hasta una cascada de unos veinte metros. El paisaje es solo la excusa.
Es esta, la sensación que buscaba.
La del camino que obliga a mirar al suelo, la de levantar la cabeza y ver un paso estrecho entre árboles. El cambio de temperatura al pasar por vegetaciones diferentes. No sé nada de plantas. Sé que los árboles llenos de hojas por el tronco me dan fresquito y los que se espigan hacia lo alto me calientan la cara.
Sí, esta es la sensación que llevaba años atascada entre mi piel y la carne.
La sensación que produce el agua fría que viene de la montaña cuando me sumerjo. La carne se aprieta tanto que exprime lo que está atrapado en ella hasta que brota por los poros.
De vuelta, en el camino, más mojones de vaca marcan el sendero. Una lagartija y una mariposa tienen la paciencia entrenada para esperar a que les haga una foto. Me acerco y no se mueven. Lo que huelen de mi piel es esa sensación. La que buscaba.
Las vacas siguen escuchando la radio. Los únicos sonidos los provocan mis hijas y los que el paisaje produce en ellas. Un cencerro y una ovación. Agua que cae y ropa en movimiento.
Vuelvo a repetir: es esta, sí. La encontré.










