Romper la barrera de la intimidad

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Sobre leer en compañía en un club de lectura

¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre? Si me lo preguntas, te diré que me gusta leer. Muy original, ¿verdad? Y me quedaré con ganas de explicarte cómo soy cuando leo, qué leo y con quién.

Fue para no seguir arrastrando esa respuesta no dicha, que retomé la escritura en alpiedelafoto. Necesitaba romper la barrera de la intimidad.

Y ahora, por primera vez, comparto lecturas en el club de lectura de mi pueblo. No tengo con qué comparar, pero intuyo que la diversidad de generaciones y de experiencias que componemos el club es un buen punto de partida.

En el pueblo se supone que nos conocemos todos: bon dia, bona tarda, com va?… En la puerta del súper o en la cola de la farmacia, no da para preguntarnos por cosas menos rutinarias. En la biblioteca, sin embargo, nos hemos puesto a despellejar a los personajes, a analizar las frases subrayadas como si interpretáramos un jeroglífico y a hablar de miedos y deseos.

Tenemos la oportunidad de descubrir qué nos conmueve, con qué nos identificamos y cómo relacionamos lo que leemos con nuestras experiencias.

Empezamos con Las gratitudes, de Delphine de Vigan. Lo tenía en casa pero no lo había llegado a leer por saturación, después de verlo en tantas reseñas y listas de Instagram.

Ha sido una lectura ágil, que no ligera. El retrato de la vejez y el deterioro de la memoria nos tocó de diferentes maneras.

Algunas se han visto reflejadas en Micha, la protagonista. Otras, con quien acompaña, Marie o Jerome.  Lo cierto es que en los tres personajes encontramos algo para empatizar. 

Alguien definió la situación que se narra en el libro como el encuentro entre buenas personas y otra señaló: y en el momento adecuado. 

Los tres se necesitaban, los tres tenían agradecimientos pendientes.

Pasamos de hablar de Micha, de su infancia en la Segunda Guerra Mundial a hablar de las experiencias reales de padres, madres, abuelos y abuelas. No hizo falta entrar en detalles para que una parte de la novela se hiciera más cercana. 

¿Dónde hallé yo lo más bello del libro? En las palabras. En cómo se construyen y cómo dan forma a quiénes somos. Micha acepta a regañadientes su enfermedad (afasia). No deja de intentar hablar, transformando unas palabras en otras y logrando hacerse entender.

Fue muy interesante la aportación de un participante sobre los juegos de palabras con los que De Vigan dibuja esa pérdida progresiva de palabras y el minucioso trabajo de traducción. Solo un ejemplo: “d’accord” en boca de Micha se convierte en “d’abord” que en la versión en catalán se traduce por “de tort” y en castellano por “de recuerdo”. Variaciones que por su significado cambian ligeramente las imágenes que se forman en la cabeza.

Sin el club de lectura, dudo que hubiera llegado a leer este libro. Con el club, lo he leído con muchos más ojos: los de las que le hubieran cambiado el título, los de las que se sintieron Micha, los de las que ensalzaron bondad frente a una sociedad que tiende al individualismo y los míos propios que subrayaron frases como: sin el lenguaje, ¿qué nos queda?

Todavía nos quedan seis lecturas, pero ya tenemos nuevas preguntas para hacernos en la cola de la farmacia.

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