Autor: Lele Sorribas

  • San Juan, São João, San Xoan, Sant Joan

    San Juan, São João, San Xoan, Sant Joan

    Para mí, San Juan siempre ha sido el cumpleaños de mi padre. Algunos años recuerdo que mis padres hacían una queimada la noche del 23, y recitábamos un conjuro basado en el original, pero siempre inventado. Mi madre sacaba alguna muñeira desafinada y, al día siguiente, había tarta y mi padre soplaba las velas. Era una tradición de San Juan a la medida de mi casa.

    Durante varios años, en la adolescencia, fui a pasar esa noche a León, hasta el amanecer por el Barrio Húmedo, sin más tradición que la de cerrar los bares que íbamos encontrando, porque el autobús salía a las siete y pico de la mañana.

    Ya en los veinte, me enamoré de la búsqueda de tradiciones. Fue en Portugal donde São João se convirtió en una fiesta que volvía a tener la magia del San Juan de mi casa. En Oporto, a las doce en punto de la noche, cientos de globos se elevan por encima del Douro con los deseos encendidos; martelos, flores de ajo, el discurrir de la gente por la Ribeira hasta la Foz, las paradas en los bailaricos y las siete olas al amanecer. Toda una secuencia que se realiza sin manuales y que, seguramente, se va desvirtuando a medida que lo hace la vida tradicional que se respiraba en Oporto.

    En Galicia pasé noches de hogueras, saltando las más pequeñas y viendo cómo hombres y mujeres confiaban al fuego sus fantasmas y los purgaban pasando por encima de las brasas. Puse también a remojo las herbas de San Xoán y me lavé la cara para espantar lo malo y comenzar otro ciclo de sol con la cara limpia. Borrón y cuenta nueva.

    Ya ahora, en los últimos años, las noches de Sant Joan son de petardos tras una cena compartida en buena compañía, coques de recapte y coca de Sant Joan. Espero que para ellas también la tradición de nuestra casa se convierta en un buen recuerdo al que sumar otras experiencias. Espero que ellas también sientan que hay noches que son mágicas porque no hace falta buscarlas en Google: llevamos miles de años celebrando el solsticio de verano en una secuencia de tradiciones que se realizan sin guías ni manuales, dejándose llevar.

  • CORDILLERA, de Marta del Riego Anta, libro cantado

    CORDILLERA, de Marta del Riego Anta, libro cantado

    Cordillera, de Marta del Riego Anta, es un libro que se escucha tanto como se lee. Tiene el ritmo cíclico de las estaciones, las pausas meditativas de un canto antiguo y el pulso de la naturaleza latiendo en cada página. Cordillera es un canto: a la montaña, al silencio, a las heridas que se arrastran y a las raíces que, aunque duelan, también sostienen.

    Podría leerse como una sinfonía íntima para pandeiru, voces ancestrales y sonidos de la montaña. O como un poema narrativo que entona con dulzura y crudeza el viaje interior de una pastora y, sobre todo, mujer. De hecho, sus reflexiones no son ajenas a muchas mujeres que rondan los cuarenta: el amor, la identidad, la maternidad, la necesidad de parar y preguntarse qué queda cuando lo que era estable se tambalea.

    Pero Cordillera no es solo introspección. Es también una historia de amor, un relato naturalista y novela casi policial. Una estructura múltiple trenzada con armonía. La escritura de Marta del Riego Anta es medida, punzante, los diálogos son certeros y sus descripciones no buscan el artificio sino el vínculo profundo con la tierra.

    Página del libro Cordillera, cambio de Acto

    En la novela la tierra no es un simple decorado: es un personaje, funciona como memoria. Leer Cordillera te sumerge en un paisaje que no solo es físico, sino también emocional y cultural. Las frases en patsuezu, variante del asturllionés, también son una forma de reivindicación, a través de ellas, y de la ambientación minuciosa, la autora rescata una identidad colectiva que parece desvanecerse en un mundo cada vez más globalizado.

    En lo personal, Cordillera me ha servido para acercarme a mis propias raíces. No solo porque ahora viva lejos de mi tierra natal, que también, sino porque del lugar de mi infancia conozco más bien poco y al leer sus descripciones tejidas desde el amor, me he sentido muy cerca. Además, otro de los grandes placeres de Cordillera es parar, escuchar nuestros ritmos y recordar que no somos solo mente o cuerpo, sino también tierra. Que volver a ella puede doler y también puede sanar. 

    (...) Sin hijos ni nada. (...)
La vida aiqui no yera muy halagüeña, fiya... Subrayado del libro Cordillera.
  • Hijas de nadie, libros que son poesía

    Hijas de nadie, libros que son poesía

    Todas las historias se pueden contar de mil maneras. Cuando desprenden poesía, se te enganchan de una forma única. Eso me pasó con Hijas de nadie, la primera novela de Violeta Serrano. Me he quedado enganchada a sus personajes; he llegado incluso a echar de menos a Lucía.

    ¿De qué va Hijas de nadie?

    Narra la historia de Lucía y Candela, dos mujeres que intentan reconstruirse a sí mismas. La voz narrativa es la de Lucía, una argentina que se muda a Barcelona buscando una vida más simple. En apariencia, su única misión es sobrevivir, adaptarse y continuar. Candela, bailaora gitana, lo mismo. Pero a través de los recuerdos, pensamientos y emociones de Lucía, que va hilando los capítulos con su acento argentino, descubrimos que esa misión es mucho más compleja: la búsqueda de identidad, el amor, la venganza, sus frustraciones más profundas.

    La cadencia poética de la narración te va meciendo a través de los distintos planos temáticos: el trasfondo histórico de la Argentina de los años 60 y 70, los contextos sociales diversos de aquí (la España actual) y de allà, la tensión entre pertenecer a un grupo cultural o conservar la libertad individual.

    He leído Hijas de nadie dos veces. La primera, para escuchar la historia de principio a fin; la segunda, para detenerme en los detalles, en los colores, en las alegorías a la madera y el metal, en el peso de los personajes ausentes y, sobre todo, para saborear la poesía que habita en cada página. La disfruté en verano con arena en los pies; lo he vuelto a hacer mientras las flores de la glicina caían sobre las páginas.

    Subrayado del libro Hijas de nadie, de Violeta Serrano.

    Violeta Serrano, leonesa de nacimiento, es reconocida por su obra ensayística y poética. Actualmente, lidera un proyecto cultural desde un pueblo de la Maragatería, Escuela Savia, donde naturaleza y creación se dan la mano.

    Hijas de nadie te gustará si buscas una novela que combine thriller, romance, crítica social, temas tabú y una voz narrativa poderosa. Si te gustan los libros que remueven por dentro y están tan bien escritos que se te prenden al recuerdo, aquí tienes uno.

  • Ocho años después

    Ocho años después

    Nunca viviré en un pueblo. Necesito la ciudad con sus mil posibilidades.

    Esta era yo hace ocho años explicándole a cualquiera con quien saliera la conversación. Luego, sucede la vida. Vivo en un pueblo y la ciudad con sus mil posibilidades me parece un plan perfecto que solo a veces echo de menos.

    Y en estos ocho años, ¿qué ha pasado?

    Por lo que aquí parece, ha pasado una ola de silencio y quietud, porque entre esta entrada y esta hay ocho años de diferencia.

    Te adelanto que ni silencio ni quietud es lo que ha reinado por aquí. Han sido ocho años intensos, he hecho cosas muy importantes, vivir y perder mi nombre, entre ellas. Ahora soy la madrede en muchos ámbitos de mi vida. 

    Como comprenderás, encontrar la voz propia cuando uno pierde su nombre puede ser muy complicado: la rutina se come los días y los días se comen los planes con los que te identificabas… Es un proceso, y lo realmente importante de toda esta cuestión es transitarlo.

    En resumen, es eso, en estos ocho años, he aprendido a ser madrede, me gusta como me sienta la etiqueta. He arriesgado. He olvidado. He cambiado. Me he quedado en la barrera intentando memorizar cada uno de sus gestos. He escrito mucho, pero todo en los márgenes que me quedaban libres. Ahora, vivo en un pueblo, y estoy segura que gracias a eso me he podido colar por un resquicio entre los pliegues de las rutina.

    Hay que empezar por algún sitio. Que sea por aquí.

  • El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, de Haruki Murakami. Reseña

    El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, de Haruki Murakami. Reseña

    Cuando vuelves a un autor años después, quien ha cambiado eres tú.

    Entré en el mundo Murakami en plena búsqueda de una identidad propia. Fue en la universidad, esa época confusa y emocionante en la que creía tener claro que quería ser profunda, original, reflexiva. Quería salirme del estándar. Ganarme un carácter. Ser distinta, interesante. Leía por amor a una idea de mí misma.

    En esos libros no encontré exactamente lo que buscaba, pero sí algo que me acompañó durante años: el caos de una realidad inverosímil que acabas aceptando como posible. La lucha de egos de personajes con los que, en teoría, resulta imposible empatizar, pero con los que, inexplicablemente, conectas.

    Pasaron más de 15 años desde Underground, que aunque no es una novela, es Murakami en estado puro y con el que tuve la sensación de que la realidad supera con creces la ficción. Y unos 20 desde Kafka en la orilla, el primero que leí. Entre medias: Tokio Blues, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Sputnik, mi amor, y los dos primeros tomos de 1Q84.

    Ahora, siendo otra —una parte de aquella que fui y también alguien completamente diferente— cayó en mis manos El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Y no me lo puso fácil. Me costó entrar en su juego, sentir algo por sus excéntricos personajes, entender a dónde quería llevarme. Creo que, sin darme cuenta, lo leía con la expectativa de encontrarme con la lectora que fui.

    Pero a mitad del libro algo hizo clic. Me rendí a la historia, dejé de buscarme en ella y volví a encontrar a Murakami: con sus reflexiones, sus listas musicales, su forma precisa de describir la realidad desde lo absolutamente fantástico.

    Subrayado del libro El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas: En la vida siempre sucede lo mismo. Para construir algo se requiere mucho tiempo, pero basta un instante para destruirlo todo.

    El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas es una novela que requiere paciencia. Dos mundos paralelos que se alternan capítulo a capítulo: uno frío, donde todo está burocratizado, domina la guerra de la información y hay criaturas que acechan en las cloacas; otro, aparentemente idílico, donde volver a ser porque los recuerdos se dejan a la puerta de una ciudad amurallada para poder pertenecer a ella. Ambos mundos hablan del mismo conflicto: la identidad, la memoria, el alma. No entraré ahora en ello, pero supongo que no soy la única que ha visto Severance (Separación, la serie de Apple TV) pensando que es una serie sacada de la cabeza de Murakami.

    Quizá, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas no es el Murakami más accesible, pero sí uno de los más originales. Y si se le da el tiempo, deja poso. Como esas preguntas que uno no puede responder al instante y que regresan cuando menos lo esperas.

    A veces volvemos a un autor para recordar quiénes fuimos. Pero, con suerte, también nos ayuda a entender quiénes somos ahora.

    Te gustará si te gustan los mundos fantásticos en los que ves reflejado el mundo real, reflexionar sobre ideas y conceptos intangibles, darle vueltas a las cosas para no llegar a un sitio concreto.

    Subrayado del libro El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, de Haruki Murakami: No necesito la inmortalidad. Envejecer el duro, pero no soy el único que envejece. Le ocurre a todo el mundo. No quiero ni unicornios ni tapias
  • Deseo

    Deseo

    Escribo a mis musas.

    A veces les cuento cosas para estirarles de la lengua.
    Mis musas son lugares comunes, el mar; lugares en los que descubrí quién quería ser; momentos que me han conmovido y personas que despiertan deseos. El deseo de cuidar, el deseo de explicar, el deseo de crear.
    Últimamente, mis musas tienen manos pequeñas, huelen a caldo, también me siguen hablando en portugués, escriben párrafos cortos que podrían ser canciones y me hacen audios que desearía fueran una cerveza en un bar.

    El deseo otra vez.

    Por suerte, el deseo otra vez.

    El deseo es un instante, es un alivio, es verse vivo, es quererse vivo. Es, sin atisbo de dudas, lo que más cura.