Autor: Lele Sorribas

  • Entre fado y arrullos: crónica de Fado Inverso en InterFado

    Entre fado y arrullos: crónica de Fado Inverso en InterFado

    Llegó el día del concierto del festival InterFado. Fado Inverso, a quienes entrevisté recientemente, actuaban en el Orfeó Lleidatà a las 22 h. Desde hace unos años instauré una pequeña tradición: llevar a las niñas a los fados.

    Así, la noche del 17 de octubre, las niñas, con su sueño y la ilusión del plan que se repite desde hace tres años, entraron en la sala ya llena del Orfeó. Escogimos sitio en la última fila, por si había que abandonar el auditorio a mitad del concierto. Salieron Ana Roque y João David Almeida al escenario, bajaron las luces, se hizo el silencio y comenzó a vibrar Andorinha.

    Las niñas esperaban Duas lágrimas de orvalho, porque la habíamos estado cantando en casa. No llegaba y el sueño empezaba a vencerlas. Me conmovió verlas acurrucarse con Balada para uma menina (despenteada): las veía con la cabeza apoyada en la mesa, el cabello revuelto y los párpados cada vez más pesados. Cantaron también Matilde y fue bonito descubrir que detrás de la letra había también la historia de una madre.

    Los aplausos acalorados tras cada muestra de fado (y de lo inverso) las hacían saltar del asiento y volver enseguida a su ovillo. Sonó entonces uno de Amália: Gaivota, una muestra de que aún es posible volver a los clásicos y extraer las emociones de otro punteo. Estaba en plena piel de gallina, conectando con ese hilo invisible que me estremece al escuchar “meu amor na tua mão, nessa mão onde cabia perfeito meu coração”, cuando un tirón de la camisa me devolvió a la sala, a la osadía de llevar a unas niñas pequeñas a un concierto un viernes por la noche.

    Rompieron de nuevo los aplausos. Ana explicó que iban a hacer otro fado muy tradicional, pero de esa forma diferente que los caracteriza. Sabía que era el momento en que João David arrancaría con esa especie de beatbox que vira en un canto que me recuerda a la música árabe y que enseguida entraría Ana con el tono afinado de Duas lágrimas de orvalho. Solo con sus voces crearían lo que, para mí, es la joya de su fado y de la transformación.

    —Chicas —me apresuré a decirles—, esta es la que esperabais.

    Lo intentaron, de verdad que lo intentaron, pero el sueño era más fuerte.

    No sé hasta qué punto es buena idea arrastrarlas conmigo en este acto que alberga la esperanza de crearles buenas memorias. Dudo que el cansancio les permitiera disfrutarlo. Egoístamente, si me quedo en lo esencial, quizá hubiera sido mejor ir sola, pero no quiero perder la oportunidad de que algún día lleguen a amar el fado la mitad que yo.

    Gracias, obrigada, Ana y João David, por poner banda sonora a nuestras historias.

    Balada para uma menina (despenteada) de Fado Inverso. Las niñas dejándose arrullar

    Hace apenas unos días compartía en el blog mi conversación con Fado Inverso, el dúo portugués formado por Ana Roque y João David Almeida, que regresaba al festival InterFado con su primer disco, Avenida da Liberdade. En aquella entrevista hablábamos de raíces y de transformación, de cómo el fado se reinventa sin perder su alma. Esta vez, las palabras se hicieron música y pude sentir en directo todo aquello que contaban: la emoción, la búsqueda y esa forma tan suya de respirar el fado.

  • Fado Inverso: “El Fado es nuestro punto de partida, Inverso es lo que se transforma”.

    Fado Inverso: “El Fado es nuestro punto de partida, Inverso es lo que se transforma”.

    Hace un año que sacaron disco. Y es con esa ilusión de compartir que Fado Inverso vuelve a los escenarios de InterFado para presentar su primera grabación, “Avenida da Liberdade”.

    Fado Inverso son Ana Roque, voz, y João David Almeida, guitarra portuguesa. El público de InterFado no les es ajeno porque esta será su tercera vez: la primera, en 2017; la segunda en 2021 y el 17 de octubre de 2025 se reencontrarán con los amigos que han ido fraguando durante este tiempo.

    Fado Inverso. Fotografia de Inês Rasquinho

    He tenido el gusto de hablar con ellos sobre sus expectativas para esta vez:

    “nos sentimos parte de la familia InterFado y para nosotros es muy bonito compartir lo que hacemos, lo que amamos”.

    Por supuesto, también hablamos de fado y emociones, de referentes y futuro. Para Ana, fadista, el fado es una forma de ser y ella se gusta cuando canta Fado, “gosto de como sou no fado”.

    Me resulta fácil imaginarla cuando describe esa sensación profunda que tiene al cantar fado: las letras, las rimas y la vibración de sus cuerdas vocales. Son sus gestos al hablar y también al verla relajarse al otro lado de la pantalla, acomodándose, una vez traspasada la primera pregunta.

    João David Almeida, la otra mitad del duo, viene de una formación clásica y del jazz, “tenho uma formação que não é no Fado, mas sempre fui muito ouvidor de Fado. Dos clásicos. Se tiver de destacar algum, Alfredo Marceneiro”.

    InterFado es un festival que aboga por la mezcla, por la experimentación con otros géneros. Hablando con Ana y João David queda claro que ellos son el ejemplo perfecto y que también están en esa búsqueda.

    Él también se pone cómodo ahora y se suelta a hablar:

    “el fado tiene muchas formas dentro y fuera de Portugal. Mantener y cultivar el fado tradicional está muy bien y es necesario, pero el romper esa estructura más tradicional no es ni siquiera nueva.” A lo que añade, “é importante se manter na tradição, mas também é cruzar-se com outros. Mantê-lo vivo, respirando, sem o descaracterizar.”

    Ahora ya podemos entender porqué se llaman Fado Inverso, llegamos a su esencia.

    “El Fado es nuestro punto de partida, Inverso habla de lo que cambia, de la transformación.”

    Ana Roque asiente y sonríe subrayando las palabras de su compañero.

    Suena de fondo “Duas lágrimas de Orvalho” mientras trato de transcribir esta conversación. Mi grabación del sonido de la entrevista falló, así que lo hago con las notas que tomé y mi mala memoria como apoyo. Subo el volumen y siento la transformación de este fado tradicional, con todas esas capas de influencias que me explicaban.

    Después, al volver a escuchar “Andorinha”, la letra de Ana y los arreglos de João David, hay algo que me recuerda a Madredeus, pero también a Amália. Cierro los ojos, dejo de mirar el papel y oigo la respiración de fondo, donde de verdad encuentro el arrepio en mi piel. Es aquí, en esos juegos con lo que ya se ha cantado de forma tradicional miles de veces, miles de voces, y en los nuevos fados propios, donde renace y se perpetúa el fado: muy portugués, muy de Lisboa, una ciudad en la que, como apuntaba João, vive gente de muchas culturas diferentes.

    Respecto al futuro, lo viven con ganas, con más conciertos en agenda y con la perspectiva en seguir haciendo crecer este proyecto de Fado Inverso.

    Este octubre, quienes quieran dejarse llevar por ese viaje inverso tendrán tres oportunidades:

    • 17 de octubre – Orfeó Lleidatà (Lleida).
    • 18 de octubre – La Cripta, Cambrils.
    • 19 de octubre – Ateneu La Barretina Vermella, Malgrat de Mar.
  • Octubre, Fado y niebla en Lleida

    Octubre, Fado y niebla en Lleida

    Octubre siempre llega con un aire melancólico: los días se apagan antes, las hojas desnudan los árboles y la niebla empieza a dejarse ver en Lleida. Y con ella, como cada año, regresa Interfado. La ciudad se coloca el chal para recibir las propuestas de un festival que huye de los circuitos más comerciales del Fado y que, en cambio, apuesta por voces auténticas, capaces de abrir grietas en la emoción.

    Detrás de este festival hay mucho amor por el género. No es casual, su directora, Carolina Blàvia, es fadista y lleidatana y eso se nota en cada detalle. Catorce años de trayectoria le han dado a Interfado reconocimiento y una solera innegable. Con el tiempo, además, se han ido incorporando nuevas propuestas, desde talleres paralelos, como el de cocina portuguesa, hasta la ampliación de localizaciones para que el Fado resuene en diferentes rincones del territorio.

    Este año, los conciertos llegarán al Orfeó Lleidatà en Lleida, al Castell de L’Espluga Calba, a la Sala Inmaculada de la Seu d’Urgell, a la Cripta de l’ermita de Cambrils y a la Barretina Vermella de Malgrat de Mar. Una ruta musical que hace viajar al Fado más allá de sus fronteras y de las primeras fronteras de Interfado, si es que alguna vez esa palabra tuvo sentido en este festival.

    En el cartel de este año encontramos dos formaciones, Mar de Fado, cuarteto de Monção, y Fado Inverso, dúo lisboeta.
    A Fado Inverso los tengo en mi lista de Spotify desde hace tiempo, son sensibilidad pura, Fado al natural. Estoy convencida de que su actuación abrirá una conexión directa con la emoción más profunda del sentir portugués. A Mar de Fado aún no los conozco, pero, según explican en su presentación, su proyecto nace de la pasión por la tradición y la profundidad emocional del Fado. Todo apunta a que viviremos dos fines de semana intensos, de esos en los que la música se convierte en herida y consuelo a la vez.

    Además de los conciertos, Interfado invita a saborear Portugal también en la mesa. El jueves 16, a las 18:30, en el espacio Sunka, se celebrará un taller de cocina portuguesa (con inscripción previa en la web de Plusfresc). Y en el Espai Orfeó, los dos viernes, se podrá disfrutar de una entrada combinada para concierto y cena portuguesa por 28 € (la entrada sin cena cuesta 15 €). Una excusa perfecta para vivir el Fado con todos los sentidos.

    Interfado está organizado por la Fundació Orfeó Lleidatà, con el apoyo del Instituto Camões, el Consulado Portugués en Barcelona y la colaboración de Plusfresc, el Ajuntament de L’Espluga Calba, el Ajuntament de la Seu d’Urgell, el Ajuntament de Cambrils y la Associació La Barretina Vermella.

    Que venga octubre, que vuelva la niebla y que suene el Fado.

  • El libro en la mesita, Pequeño Zar y el bosque animado

    El libro en la mesita, Pequeño Zar y el bosque animado

    Hay un gesto que primero se instaló en mi rutina nocturna y que ahora también se ha vuelto imprescindible en la de mis hijas. Es el libro en la mesita. Tenemos los que esperan su turno, los que simplemente hacen bonito y los que de verdad estamos leyendo. No me cabe duda de que es una de las mejores ideas que hemos incorporado al ritual de irse a dormir.

    Cuando empezamos, leíamos los cuentos típicos y algunos clásicos. Luego hubo una época en la que nos pasamos a las historias inventadas. Un día, decidí contarles el libro que estaba leyendo yo en ese momento, Caperucita en Manhattan. No se lo leía en voz alta, se lo explicaba con mis palabras, capítulo a capítulo. Nos fascinó a las tres.

    Más tarde, encontramos en la biblioteca La muy catastrófica visita al zoo, de Joël Dicker. Había oído varias reseñas que lo describían como un libro para niños de 7 a 120 años, o algo así. Lo trajimos a casa y aquello fue un éxito. La hora de dormir pasó a ser un momento esperado con entusiasmo porque queríamos descubrir qué ocurriría en el siguiente capítulo.

    Esta vez, nos hemos echado al bosque con Pequeño Zar y el bosque animado, de Marta del Riego Anta. Si soy sincera, me costó convencerlas porque la portada no tenía brillos ni colores llamativos. El truco definitivo fue anticiparme. Las esperé en la cama con el libro abierto y en cuanto aparecieron por la puerta, listas para acomodarse, empecé a leer en voz alta. Le puse un poco más de intensidad  a cada frase, interpretando lo que iba sucediendo, y se quedaron en silencio. Al terminar el primer capítulo, escuché: “¡otro, otro! Uno más, porfa, mamá”. Y seguí.

    Nos lo hemos pasado genial con las conversaciones entre Pequeño Zar y sus amigos, hemos aprendido cosas sobre arañas y osos, y hasta buscamos cómo son los urogallos. El libro nos duró poco, no nos valía eso de un capítulo por noche. Ahora lo mantenemos en la mesita, creo que le daremos una segunda vuelta.

    A mis hijas les ha encantado verse reflejadas en un niño real que, como ellas, es capaz de poner voz a objetos y animalillos. A mí me ha cautivado el mensaje de amor a la naturaleza, el elogio a la vida que vuelve a las raíces y los guiños a la generación de padres que ahora pueden leer esta historia a sus hijos. También he disfrutado al encontrar una lectura que no infantiliza la experiencia de leer, Marta no recurre a un vocabulario simplón, confía en la inteligencia y la sensibilidad de quienes leen.

    Pequeño Zar y el bosque animado es una aventura pensada para que niños y adultos vuelvan a sentir su lado más curioso e imaginativo. Si eres adulto, es uno de esos libros infantiles que agradecerás haber compartido.

    ¡Marta, queremos más aventuras con Pequeño Zar!

  • Canta ella y las palabras bailan

    Canta ella y las palabras bailan

    Hay libros que son como una canción pegadiza. Tienen música y cada vez que los cierras, en la cabeza continúas con la melodía inventando letras nuevas. A veces las letras siguen la historia por otros derroteros; otras, son solo palabras que no tienen un significado concreto, pero suenan con la misma cadencia que las del libro.

    Canto jo i la muntanya ballla, de Irene Solà (editorial Anagrama), es uno de estos libros. Me pasó también con Cordillera, de Marta del Riego Anta.

    No es de extrañar, el ritmo de sus frases es pegadizo, el propio catalán tiene esa sonoridad cantarina siseada y que encaracola la lengua. Esa musicalidad impregna toda la novela, hasta el punto de que uno siente que más que leer, está escuchando. Irene canta y sus palabras bailan entre los dientes y la lengua y se disparan hacia el resto de los sentidos.

    Qué bonito libro, que hasta la crueldad de la vida que narra parece necesaria para componer un libro hermoso. Toda su dureza es indispensable para existir. Por momentos, es poesía que corta la respiración, te obliga a buscar reposo y no te lo pone fácil. El ritmo te sigue arrastrando. La puntuación juega un gran papel en ello. También el misterio, el no saber quién habla hasta que en lo que parece un descuido se descubre un nombre. Los acontecimientos son como una maravillosa excusa para contar todo lo demás, para dejar que la montaña cuente. Yo, que no soy de montaña, pienso: qué suerte que uno es de donde nace, de donde pace, y de donde lee y de lo que lee.

    He disfrutado hasta cuando he sentido que me perdía entre sus devaneos. Canto jo i la muntanya balla es un libro que se gusta a sí mismo, que se recrea en su forma, y precisamente por eso resulta tan contagioso. No es una novela para quienes buscan una historia lineal o un relato cerrado: es para quienes disfrutan de la poesía narrada, para quienes se dejan arrastrar por una voz que sabe cantar. Y qué suerte que Irene Solà lo haga, que ella cante y sus palabras bailen.

  • Hierba, una brizna

    Hierba, una brizna

    En Hierba, de Keum Suk Gendry-Kim, lo que lees es una entrevista dura, pero también lo que ves. Porque Hierba es un cómic, un testimonio que se despliega con imágenes y palabras, y que nos acerca a una de las heridas más dolorosas del siglo XX sin que cerremos el volumen con las manos temblorosas en la primera página. Hierba te arrastra hasta el final inevitablemente.

    La autora aborda la historia con una delicadeza extraordinaria, con una poesía visual que permite avanzar sin caer abatido de inmediato. Pero, cautela, ese alivio inicial es engañoso: con el paso de las horas y de los días, lo leído regresa, se clava, abre aristas, y entonces Hierba atraviesa. Hace más de una semana que lo terminé y aún siento las punzadas que sé que seguirán ahí, ya no se irán.

    El cómic es precioso en su sobriedad. Los dibujos en tinta negra, aparentemente sencillos, encierran un caudal de información y de emoción. Tienen también mucho de oriental, el trazo recuerda a su escritura. Si alguien tuviera la tentación de saltarse una viñeta sin diálogos estaría perdiéndose lo esencial: los silencios, los gestos, las manchas, las caras sin rostro… Los espacios son tanto o más elocuentes que las palabras. Los sentimientos habitan sobre todo en lo visual; el texto apenas nombra, pone palabras a los hechos, pero la devastación está en el dibujo.

    Hierba cuenta en primera persona la historia de una mujer coreana que, siendo apenas una niña, fue secuestrada y convertida en esclava sexual por el ejército japonés durante la ocupación de Corea. Una de esas a las que llamaron mujeres de consuelo o mujeres de solaz y que en gallego llaman “mulleres de conforto”. Expresiones que intentan disfrazar la brutalidad: niñas y mujeres arrancadas de sus casas y obligadas a vivir en un infierno para satisfacer las necesidades de hombres que si buscaban algún tipo de confort… ¿Qué consuelo puede haber en el abuso?

    Yo he leído “Herba”, la traducción al gallego publicada por Rinoceronte Editora. No sé si es algo objetivo o solo mi manera de sentirlo, pero para mí, que el gallego no es mi lengua materna (aunque lo haya sido de mi madre), la sonoridad de esa lengua añade una ternura inesperada. Tal vez por eso he visto en el relato una brizna de esperanza, pequeña y frágil, escondida entre la devastación: la resiliencia de la protagonista, su coraje para recordar en voz alta lo indecible y la dignidad que surge incluso en medio de la tragedia.

    Hierba no es una lectura amable. Es un testimonio gráfico que obliga a mirar de frente una violencia que se quiso borrar con eufemismos, es una forma de no ceder, resistir y dar testimonio veraz en un intento de devolver la dignidad a las mujeres que han sufrido, sufren y padecen ser convertidas en objeto al servicio de alguien.