Autor: Lele Sorribas

  • Peñíscola después de Jerusalém

    Peñíscola después de Jerusalém

    Cómo leer cambia los lugares

    Subir al castillo, dejar que la noche me encuentre en la playa, comer un helado, bañarme bajo la luna, comprar uno o dos libros en la librería París. En invierno lo llamaríamos rutina. En Peñíscola son rituales.

    Esta vez llegué con Jerusalém, de Gonçalo M. Tavares, en la maleta. La tercera novela de O Reino, la tetralogía con la que el escritor portugués explora distintas formas del mal. Como suele sucederme, el libro terminó infiltrándose en los lugares que visitaba y alterando mi manera de mirarlos. (Como ya me pasó en la ruta romana de Astorga con Pomponio Flato)

    El castillo de Peñíscola guarda historias de cruzadas, templarios y del papa Luna. La visita guiada reconstruye ese pasado a través de un único personaje. Avanzamos por las estancias, la guía narra escenas y yo me sorprendo pensando que Tavares hace algo parecido en Jerusalém: construye la novela desde las personas que encarnan los acontecimientos.

    «Pedro Martínez de Luna fue elegido papa durante el Cisma de Occidente. Cuando apenas le quedaban partidarios se refugió en Peñíscola. Siguió firmando documentos, nombrando cardenales y ejerciendo una autoridad que el mundo ya no reconocía. Nunca renunció», explica la guía.

    Con esas palabras aparece en mi cabeza, inevitablemente, Theodor Busbeck. No sé si el personaje se parece o no al Papa Luna, pero ambos viven encerrados en una certeza. Cada uno la suya. Hay algo profundamente literario en esa obstinación. La imagen del anciano rodeado de piedra y de mar, aislado del mundo, convencido de una verdad que ya casi nadie comparte. El papa Luna podría ser uno de los personajes de Jerusalém.

    La guía añade otro detalle: con noventa años, Benedicto XIII retuvo durante siete horas a un emisario del papa de Roma para defender la legitimidad de su pontificado. Imagino ese discurso interminable, pronunciado primero para convencer a su interlocutor y después, quizá, para convencerse a sí mismo.

    Busbeck sostiene una idea inquietante: quien no busca a Dios está enfermo y debe ser tratado. Vista desde ahí, la obcecación del Papa Luna adquiere otro significado. En Jerusalém cuesta distinguir con claridad dónde termina todos tienen motivos y todos están locos. Los personajes viven atrapados en un trauma, una culpa o una obsesión. Todos son islas.

    También este castillo. Aunque ya no lo separe del continente una lengua de arena, sigue suspendido entre el mar y todo lo demás.

    La novela funciona como un interruptor. De pronto dejo de mirar la fortaleza como un monumento y empiezo a verla como una sucesión de conflictos. Subo las escaleras intentando colocar el escudo como indica la guía. «Te atacarían por la derecha». El gesto dura apenas unos segundos, lo suficiente para imaginar el peso de aquello que habitó estas piedras: la violencia, la culpa, la necesidad de salvación.

    Nunca había reparado en que casi todos los grandes edificios históricos se explican desde la violencia: la que motivó su construcción, la que ejercieron o aquella de la que pretendían protegerse. La belleza de las piedras superpuestas suele ocultar historias de barbarie. Busbeck habría recorrido este castillo buscando precisamente eso.

    Hay algo que admiro especialmente en Jerusalém, y en toda la saga O Reino: el espacio que Tavares deja al lector. Sus novelas nunca clausuran el sentido. Obligan a completar las conexiones, a decidir quién está realmente cuerdo y quién no, a seguir pensando cuando ya se ha cerrado el libro. Quizá por eso la lectura acaba contaminando la realidad.

    Cuando termina la visita tengo la impresión de que la frontera entre ambos relatos se ha diluido. El castillo es el mismo de cada año, pero Tavares ha conseguido que lo lea de otra manera.

  • Crónica sobre la ruta romana de Astorga en ileon

    Crónica sobre la ruta romana de Astorga en ileon

    Lo que leo siempre acaba colándose en mi vida. Esta vez de una manera especialmente redonda.

    El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza, me ha acompañado estos días e inevitablemente me ha acompañado también a la ruta romana de Astorga.

    Astorga fue Asturica Augusta. Desde pequeñita me enseñaron aquello de «Bimilenaria ciudad de Astorga». Fue en aquellos inicios de su existencia capital del oro del noroeste. En ella se asentó la Legio X Gemina, después de luchar por el terreno contra los astures y cántabros que allí vivían. Mucho más de esta historia ha quedado grabada en el subsuelo con una precisión sorprendente.

    Leer el artículo completo en ileon: El asombroso viaje de Pomponio Flato en las termas de Astorga

  • Lo que no cambia: crónica de un regreso a Huesca

    Lo que no cambia: crónica de un regreso a Huesca

    Trece años, según se mire, son una eternidad o un suspiro. A mí, en trece años, me ha pasado una vida por encima y al periodismo, me consta que varias. Al cruzar las puertas del Congreso de Periodismo de Huesca 2026, tuve la sensación de volver atrás. Supongo que una parte de mí buscaba reconectar con la ilusión de mis inicios y la encontré de inmediato: mi esencia y la del Congreso siguen intactas. De aquel 2013 también se mantienen las preocupaciones de la profesión y los riesgos, que apenas han cambiado de apellido.

    Fiel a la vieja usanza, soy de tomar apuntes a mano, trato ahora de poner orden a las reflexiones y frases sueltas de la libreta para explicarte qué se cuece en un Congreso de Periodismo hecho por periodistas que ya lleva 27 ediciones.

    El regreso a la esencia

    Cristina Olea, corresponsal de TVE en Washington, habló con contundencia: «Ir, ver y contar es más importante que nunca». En un mundo sobreestimulado, donde las verdades a medias conviven con la mentira deliberada, el periodista es el filtro necesario para hacer la realidad digerible. Pero el reto es colosal.

    Y desde ese contexto global se dio paso a la mesa de periodismo local. Laura Alcalde (Radio Roselló), Alba Fité (Radio Sobrarbe) y Eva Defior (Grupo La Comarca) reivindicaron la proximidad no solo como una escuela para jóvenes, sino como un destino donde desarrollar una carrera plena o al que regresar en la madurez. En lo local, la prisa se queda fuera. Como apuntó con tino Aida Acitores (PACO Magazine): «Vale la pena contarlo mejor que contarlo antes». El periodismo de cercanía no solo informa; dinamiza territorios, devuelve la autoestima a las comunidades y sirve de enlace imprescindible con la agenda nacional.

    La mutación del envoltorio: del dato al «lore»

    Sin embargo, el escenario ha mutado. La reflexión de Marina Enrich (WATIF) nos puso frente al espejo de las nuevas generaciones: un vídeo de tres minutos es una eternidad para el scroll de TikTok, pero un suspiro para quien busca profundidad. Habitamos la era del entusiasmo como norma. Y eso me hizo pensar: ¿el hecho de que el periodista se vuelva protagonista/influencer rompe la regla de oro de la objetividad? 

    Hoy se habla de lore, de arcos narrativos y de clics emocionales para retener a una audiencia agotada por el ruido constante, se habla de storytelling para hablar de comunidad y de audiencias. En KLAB, explicaba Marcos García Merino, lo tienen claro: Trump es el rey de la visibilidad. Y yo lo escuchaba y me preguntaba: ¿es política o es puro espectáculo? Algo que ya había dejado intuir Cristina Olea en su intervención, explicando cómo era trabajar al ritmo de titulares. 

    Es innegable que convivimos con ese frenetismo, algo a la par intrínseco a un modelo de periodismo que exige ritmo y velocidad.

    Frente a ese modelo, el Congreso ofreció el contrapunto del formato documental. 

    Aldara Diéguez, tras su podcast sobre Meloni, confesó haber aprendido que los grandes formatos exigen paciencia, no es la misma industria la de los medios que la de las productoras y plataformas. Por su parte, Izaskun Pérez (eldiario.es) expuso el difícil encaje de estos proyectos en las redacciones con el ritmo voraz del día a día, mientras que Tomás Ocaña (showrunner de documentales) resumió las «siete bolas de dragón» que necesita una historia para ser documental: giros, atracción, personajes, relevancia, acceso a fuentes, archivo y narrativa. Todos coincidieron en destacar también la importancia del punto de vista. Para mí, el gran aliado del periodista.

    En ese instante recordé que, hace trece años, se presentaba aquí una editorial de libros de reportajes, Ecícero, si no recuerdo mal. La idea sigue siendo la misma: madurar las historias con los mismos ingredientes con los que se construye una comunidad. 

    Y me dejo muchos temas fuera, porque también se habló del papel del periodista en las guerras, de la responsabilidad, del periodismo de investigación, de bulos, de Inteligencia Artificial. Todo para llegar a la conclusión de que en cualquiera de los casos, el mejor periodismo posible siempre está hecho con personas, como se encargó de recalcar al inicio del Congreso la presidenta de la Asociación de la Prensa de Aragón, Isabel Poncela.

    El refugio de la fidelidad

    El cierre fue un cara a cara entre Ignacio Escolar (eldiario.es) y Jan Martínez Ahrens (El País). Tras debatir sobre algoritmos y crispación, la solución que proponen ambas cabeceras es volver a conectar y basar el modelo de negocio en los suscriptores. Según el director de El País, que fue tajante en ello: el SEO no es la prioridad absoluta. La prioridad es la fidelidad.

    Y me quedé con las ganas (por falta de tiempo) de hacerles una pregunta: ¿cuál es la línea o el límite que se debería marcar en las reglas de estilo para poder trabajar redes sociales, contenido SEO y formatos menos periodísticos para la captación de suscriptores y para el acercamiento a nuevos lectores?

    Quizás la respuesta resida en lo que NO ha cambiado en estos catorce años, ni en los siglos anteriores: la obligación de narrar desde la verdad para obligar al lector a pensar. El formato puede ser un vídeo vertical o un documental de plataforma, pero la ética debe seguir siendo el ancla para no naufragar en el ruido.

  • Escribir para hacer habitable el silencio. Sobre Luciérnaga, de Natalia Litvinova

    Escribir para hacer habitable el silencio. Sobre Luciérnaga, de Natalia Litvinova

    Los desastres que se quedan latentes, esos con los que la gente convive con la naturalidad de lo cotidiano, me vuelan la cabeza. Chernóbil es uno de ellos.

    El año pasado leí Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévic, y aquellas voces me persiguen y me han llevado hasta Luciérnaga, de Natalia Litvinova.

    De ambas lecturas puedo decir lo mismo: lo que más me impresiona es la belleza del horror. La capacidad de encontrar algo poético en lo putrefacto. La manzana más hermosa, la mejor cosecha de patatas, el agua más transparente… y la amenaza invisible que encierran. La muerte es real.

    Luciérnaga no es solo la historia de una mujer que nace el mismo año que la explosión de Chernóbil. Es la memoria de tres generaciones atravesadas por algo que no se ve y de lo que no siempre se habla. Luciérnaga, como la radiación, es eso que está ahí aunque nadie lo nombre.

    Natalia Litvinova construye un relato familiar delicado y feroz a la vez. Un relato que es a la vez hechos históricos y álbum de familia. La infancia, marcada como todas por la inocencia que trata de completar aquello que los mayores solo explican a medias.

    “Cuando era niña creía que por las noches la radiación salía de mí e iluminaba el cuarto como una pequeña lámpara.”

    Esa imagen es una excelente muestra de la poesía que encierra su título.

    Me encanta cómo convierte las emociones en algo tan visual como unas manchas en la nieve.

    “La nieve se volvía sucia. Las enormes manchas grises que dejaban nuestras alfombras me producían una tristeza que no era capaz de explicar.”

    Y, ante todo, a pesar del silencio que la rodea, se nutre de la necesidad de contar, de revivir la memoria. Escribir se convierte en el acto necesario para que el silencio sea habitable. Por eso también usa el realismo mágico para traer de vuelta lo que nadie le ha llegado a contar nunca, lo que su madre calla y su abuela se llevó al pantano. 

    Luciérnaga (editorial Lumen) es un libro luminoso, no cegador. Es un texto plagado de poesía, porque Natalia es poeta. Una vez más, llego a las poetas a través de su prosa.

  • No leí por valentía, leí por deseo. «Mañana», de Olalla Castro.

    No leí por valentía, leí por deseo. «Mañana», de Olalla Castro.

    Casi abandono, casi.
    Una madre pasando por el duelo de una hija. Nada más empezar. Sin anestesia. “Una hija es como un miembro fantasma que nunca te deja de picar”, cita. Ahí ya me dolía todo. La voz de la protagonista seguía escarbando y cada una de sus frases se queda vibrando en algún sitio incómodo del cuerpo.

    Seguí leyendo. Seguí con esa sensación de estar entrando en un lugar donde no sabes si deberías quedarte. Y casi lo vuelvo a dejar. Entré en la historia de otra mujer. Otra vida. Un matrimonio concertado y el maltrato en el lugar de la decepción. La descripción de la violencia no es macabra, pasaría por la normalidad incluso. Hay rebeldía en este personaje, pero también aceptación. La salida parece inviable.

    Aun así, continué.

    No por valentía ni por disciplina lectora. Continué porque me obsesionan las palabras. El efecto que tienen. El modo en que el lenguaje puede sostenernos o hundirnos. La capacidad que tenemos para comunicarnos de tantas maneras. Continué porque la esperanza en esta historia está en el lenguaje.

    Aunque suene ingenuo.

    Mañana es un libro fácil de leer, difícil de transitar. No ofrece un consuelo rápido. Olalla Castro escribe desde un lugar muy profundo. En muchos momentos me he preguntado cómo se sobrevive a escribir algo así, cómo no te rompes del todo al ponerte las voces y los silencios de esos personajes. Después descubro las chispas de belleza y los destellos breves que van ganando espacio.

    También está el deseo. Hay algo muy poderoso en cómo el deseo busca surgir incluso en situaciones límite. Sí, también seguí por el deseo.

    “Mañana” es la primera novela de Olalla Castro, poeta y ensayista. En una entrevista, Olalla describe su poesía antes de Mañana como oscura. No he leído su poesía. Siempre llego a las poetas a través de su prosa.

  • Es la vida

    Es la vida

    Encontré el libro en el trastero de la casa nueva. Los antiguos inquilinos habían dejado algunas cajas olvidadas, restos de otra vida. Se lo enseñé: ¡Mira!

    Lo cogió, lo miró: ¿No lo has leído?, preguntó poco convencido.

    Esa fue la señal definitiva. Tenía que leerlo. 

    Había leído fragmentos en el instituto. ¿O fue en la universidad?. Nunca entero. La película siempre me dio miedo y, aun así, muchas mañanas amanezco con su banda sonora en la cabeza y la utilizo de base para cantar lo que voy haciendo.

    Acabo de cerrar el libro y estoy esperando a que me lo vuelva a preguntar. Le diré: sí, ahora sí. Y sentenciaré: La historia interminable es la vida.

    No dejaré de sostener el libro entre mis manos, mientras, con más calma, le explicaré que el viaje de Atreyu me ha fascinado. Que se lo quiero leer a las niñas. También confesaré, acariciando el lomo, que Bastián me ha caído mal durante casi todo el libro. Y buscaré su comprensión cuando añada: Creo que me ha incomodado reconocerme en algunas de sus actitudes.

    Le leeré, ya que lo tengo entre las manos, las frases que podría tatuarme o usar para bordar una camiseta. Por último, y solo después de explicarle con detalle pasajes enteros, le diré que incluso entre toda esa fantasía, está la vida: la aceptación, el valor, el peso de los deseos… y el amor.