
Cuando el caballo de Troya dejó de ser reclamado se convirtió en volador. Sabe que no le crecerán alas, pero aguarda paciente al fondo de un pasillo en el Palacio de Brera; cualquier día alguien emprenderá una carrera de sueños sobre su lomo.




Dicen que el arcoiris nace en un cubo de monedas de oro custodiado por unos gnomos, disiento de esta creencia.
Al otro lado de la ciudad, detrás del edificio que nunca me deja saber qué pasa más allá, alguien salió a tender la ropa. Llevaba la ropa en un balde azul de plástico y la colada era de ropa blanca (entiéndase ropa blanca como ropa interior, así la llamaba mi madre). Aprovechó el primer rayo de sol que se dejó ver desde hacía días, la ropa desprendía olor a casa, posiblemente el olor que los de fuera reconocen como el olor de aquella casa.
La humedad caliente del interior al encontrarse en contacto directo con el frío exterior hacía salir un aura vaporosa por encima de las prendas y al ir colocándolas en las cuerdas, una a una, camiseta, braga, calzoncillo, camiseta, sujetador, calcetín, el olor a casa y el vapor se esfumaron juntos pasando por encima de las pinzas, de las cuerdas y de los edificios de la ciudad, mostrando sin disimulo lo que estaba sucediendo allá, en el otro lado de la ciudad.

No debe ser bueno estar todo el día cuestionándose.
No debe ser bueno, ni justo para los que están alrededor.

Ella
Ella detrás de la puerta
Ella debajo de las sábanas
Ella sentada a la mesa
Ella
Ella tomando un baño
Ella haciendo la maleta
Ella mirando el reloj
Ella
Ella te lee en la cama
Ella te ofrece sus llaves
Ella te roba palabras
Ella
Ella
Ella reflejada en el cristal.
(Para todas Ellas)