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  • Entrevista: “Nos han educado con una serie de valores, pero no en cómo hablar de esa persona que ya no está”, Alberto Gómez.

    Entrevista: “Nos han educado con una serie de valores, pero no en cómo hablar de esa persona que ya no está”, Alberto Gómez.

    Pospuse dos veces la lectura de “Contra el silencio: un viaje por las etapas del duelo después del suicidio”, de Alberto Gómez (libros.com). Llevo con este texto en el ordenador desde hace ya un año. 

    Sí, me da vértigo el tema: la muerte. Lo sé, me pasa como a muchos, la muerte es ese tema que se enfrenta cuando llega, pero con el que no nos sentimos cómodos. Siempre he tenido pánico por la propia y por la ajena. Desde pequeña. Recuerdo que cuando mis padres me dejaban con mi abuela, me preocupaba que se muriera estando solas, era mayor y las personas mayores se mueren. Entonces, hubo un tiempo en el que me convencí de que las personas solo se morían en los hospitales. Inocencia pura.

    Más tarde, encima resultó que las personas se pueden morir en cualquier parte y que no hace falta que sean mayores, ni que pasen por una enfermedad, ni que se les note. Puede ser inesperado y fortuito. Así que leer el libro de Alberto ha sido todo un ejercicio de salir de la zona de confort.

    El suicidio se lleva cada año en España a cerca de 4000 personas, no es anécdota ni un tema que deba quedar arrinconado en nuestra sociedad. 

    Alberto, periodista jerezano, afincado en Barcelona, recoge en el libro su propia experiencia tras 23 años de silencio después de la muerte de su hermano por suicidio y recoge también el testimonio de otras diez personas que como él han estado calladas demasiado tiempo, ocultando su sufrimiento.

    Tiene también un libro de microcuentos, “Por un momento” (libros.com). Un género que continúa cultivando habitualmente en su cuenta de Instagram, en las notas de su teléfono y en trozos de papel en los bolsillos.

    He tenido la oportunidad de hablar con Alberto en diferentes ocasiones sobre su libro y en general sobre el duelo, el proceso de escribir… Le he preguntado por cómo lo ha escrito, si ya había usado la escritura durante su época de silencio. He escrito cosas antes, no he dejado de escribir nunca. Yo empecé a escribir la misma noche que murió mi hermano, y eso lo conservo, ese papel escrito a mano. Ya en mi anterior libro de microcuentos había algunos dirigidos a él. Pero este libro, lo concebí después de asistir a un grupo de duelo tardío. Llegué a casa después de una sesión y comencé a escribir. Lo hice por mí, pero también por ellos. Ese grupo es un lugar seguro, me dijo en una ocasión. 

    Portada del libro Contra el Silencio, de Alberto Gómez García (Libros.com)
    Portada del libro Contra el Silencio, de Alberto Gómez García (Libros.com)

    Por fin, en un viaje en tren, me dispuse a ordenar las ideas y le hice una entrevista más pausada.

    Es inevitable preguntarle por cómo surge su compromiso con asociaciones de prevención del suicidio y con darle visibilidad en los medios de comunicación. 

    – Hay personas que puede que no sean tan activas, simplemente porque no les llama la atención ser más activas. En mi en mi caso, hay dos cosas: una, que todavía hay gente que me habla del libro y dos, que como periodista me doy de bruces con muchos textos mal escritos con malas praxis. Y también me surgen posibilidades, por la razón que sea, de entrevistar a alguien que tiene que ver con suicidio o con la salud mental.

    Qué mejor arma, además de la literatura, que los medios de comunicación, las entrevistas en radio, televisión, en medios digitales o en papel para tratar de visibilizar que no estamos bien como sociedad, que tenemos muchos problemas mentales, que no hay recursos y que los grupos de duelo, que ha sido mi herramienta (DSAS, Després del suïcidi, en mi caso), no un recurso de la sanidad pública, ni de la sanidad privada, sino un recurso de una entidad me ha servido muchísimo para para salir de ese silencio.

    En otras conversaciones ha surgido el tema de la conexión con los otros, de que para hablar de duelo con otra persona se nota cuando hay sensibilidad. Creo que ahí, Contra el silencio, cumple con un papel clave. Alberto pincela cada capítulo con las experiencias de otras personas en su situación con la delicadeza que promulga. Entonces, me pregunto si es consciente de que su paso al frente haya servido a otros para romper el silencio o sentirse más acompañados.

    -Muchas personas de manera anónima, me han dicho: gracias por contarlo, en mi familia también, en mi familia también, en mi familia también… También existía el mismo problema. En una presentación en Ávila, hubo una chica que me dijo: estoy por acercarme a un grupo de duelo. Y yo en la dedicatoria le puse: si te apuntas a un grupo de duelo, te vas a sentir muy bien recibida y si logras acudir, avísame. Fue un gesto para decirle, creo que lo vas a conseguir. 

    No sé qué tantas acciones en sí habrá llevado la gente que haya leído mi libro, pero sí que mucha gente se ha puesto en la piel de los que hemos sufrido una muerte por suicidio, eso seguro, y que se ha visto reflejada porque por desgracia hay muchísima familias que han sufrido un suicidio en sus carnes.

    Y desde los medios, ¿cómo se puede trabajar la prevención y las noticias de casos?

    -Hace muchos años que en las noticias de violencia machista se pone abajo un teléfono* y una serie de recursos para que la persona que lo está leyendo, si se entera de que la amiga, la vecina, la sobrina… o ella misma, la está sufriendo sepa a quién acudir. Eso ahora lo estamos pidiendo desde la entidades y las familias que hemos sufrido un suicidio de un familiar. No cuesta nada.

    Ahora hay varias paradas del metro de Barcelona donde también aparece el número (de teléfono). Ese número si se extiende, llegará un momento que la gente lo interiorice. Toda campaña es poca para el número de suicidios que hay hoy todavía.

    En cuanto a una vez que ha pasado, no hemos podido prevenir y hay un suicidio, hay varios casos flagrantes donde la praxis no es buena, es muy mejorable. Una se da en los casos de famosos, donde hay barra libre para decir de todo. Sin certezas no se debería publicar nada. ¿Entonces por qué especulamos en estos casos?. Se hace daño a la familia. Hay muchos detalles, que son meras especulaciones que se publican, y esto sobre todo pasa en casos de famosos.

    Y, el otro día, Cecilia Borrás, de DSAS, me decía que también pasa en los casos de suicidios en pequeñas poblaciones porque se sabe mucho de esa familia y de esa persona. 

    En resumen, tendríamos que escribir como si escribiéramos sobre la muerte de uno de nuestros mejores amigos. Si escribiéramos así, no contaríamos determinadas cosas ni pondríamos determinadas expresiones.

    • El teléfono de atención del Ministerio de sanidad es el 024. Disponible 24 horas.

    El tren sigue avanzando, ya no sé por dónde vamos. Seguimos hablando sobre el silencio. ¿Será que el silencio era solo con los demás, a quienes no expresaba sus sentimientos o simplemente no contaba su historia, o también se cerraba en banda consigo mismo? Me cuenta que se refugiaba en la escritura: No me analizaba, pero sí que dejaba plasmadas mis emociones por escrito en ese momento. No sé si podría analizarlas, si he ido evolucionando o no, pero está claro que el cambio es una vez que pongo un pie en DSAS, veinte años después.

    Veinte años son mucho tiempo para llevar una mochila tan llena de silencio, que curiosamente puede llegar a pesar más que las palabras. ¿Te da miedo la muerte, Alberto?

    -¿Si me da miedo la muerte?… Hubo un tiempo en mi adolescencia que quizá sí. Pero hoy por hoy, no. Tengo muchas ganas de vivir, muchas ganas de disfrutar, muchas ganas de recuperar cosas a nivel personal que me hacen sentirme vivo. Ojalá pudiera jugar al tenis cada día. Ojalá pudiera ir al cine más de lo que voy. Y no temo o no pienso tanto en la muerte.

    Más que la muerte de mi hermano, yo lo que he estado pensando siempre es todo el tabú y el silencio que nos provocó. El hecho de que no se hable de una persona. No tanto en sí de la muerte.

    ¿Y por qué crees que se habla tan poco de la muerte en general? 

    -Hay una serie de tópicos que inundan a una persona cuando alguien muere por suicidio. Entonces, te dices, si la sociedad va a pensar esto sobre mí, para esto, no lo cuento. Hemos hablado en otro momento sobre el duelo perinatal, ¿qué puedes pensar sobre una mujer que ha perdido un bebé durante el embarazo? Nada malo, pero como hay tanto tabú, esa mujer le cuenta muy poca gente que ha tenido un aborto y habla poco de ello.

    No nos han educado en cómo gestionar una muerte. Nos han educado con una serie de valores, pero no en cómo hablar de esa persona que ya no está.

    Y quien mejor lo hace son los niños pequeños, porque lo hablan con una naturalidad que ya nos gustaría a los adultos.

    No sabemos hablar de esa persona que ya no está. Por ejemplo para recordar una trastada que hizo. Mi hermano, en la época de juventud, de primeros cigarros y tal, quemó una tienda de campaña en un campamento. ¡Menuda trastada! ¿Por qué no recordarlo y sacarlo en una conversación? Anda que la lió buena. Le echaron del campamento.

    Tendríamos que honrar a las personas que no están y hablar de ellos. Por qué no hablamos de la gente anónima que ha hecho cosas bonitas, por qué no sacarlos en una conversación alrededor de la mesa con unas lentejas o un arroz a la cubana.

    Cambia el peso del cuerpo de pierna y se arriesga al equilibrio del traqueteo del tren para continuar hablando ahora de escribir. El proceso refugio y que de forma continuada cultiva en forma de microcuentos. ¿Cuáles son tus temas obsesión?, le pregunto Y por si queda alguna duda, me subraya que obsesionarse puede tener un lado positivo. Estoy de acuerdo, cuéntame, cuáles son esas obsesiones:

    -La felicidad de la infancia. 

    Tardo un segundo en contestarte a qué edad volvería a vivir. Me trasladaría rápido entre los 7 y los 11 años, me parece una edad maravillosa, que disfruté mucho. Jugaba horas en una plaza y esa infancia está muy presente en cosas que escribo, relatos largos y sobre todo en los microcuentos, que es lo que más cultivo últimamente.

    Esa infancia bonita, esa infancia cándida, de esa pulsera que le regala un chico o una chica a otro y que es un tesoro, aunque a lo mejor es una gomilla del pelo, pero se convierte en un tesoro.

    También el amor en cualquiera de las fases y en cualquier edad.

    La muerte, no, sino el echar de menos. Me gusta mucho la expresión y es bonito decirle a una persona: te echo de menos. Te quiero, sí, es muy bonita, pero a mí me gusta la expresión “te echo de menos”. Me encanta la canción de Pedro Guerra, “De menos” y me sé la historia un poco de cómo la escribió…

    Creo que muchas de las historias que he escrito y muchos de los microcuentos que escribo vienen a relatar que alguien echa de menos a otra persona.

    Y también, y uno de mis hijos se ríe mucho por ello, me gusta escribir de la duda ante una cita: muchos de mis microcuentos están basados en una cita y la incertidumbre de si la otra persona llega o no. Me parece una forma muy descriptiva de lo que es la vida, esas cosquillas que uno puede tener en el interior, de estar muerto de miedo, de la duda de si va a aparecer o no.

    Por un momento, libro de microcuentos de Alberto Gómez
    Por un momento, libro de microcuentos de Alberto Gómez

    ¿Y por qué microcuentos?

    -Me gusta resumir en unas líneas una situación que sea muy fácil de imaginarse. Eso sí, me gusta también esconder algún detalle para que dos lectores se imaginen dos cosas diferentes. Para que quien lee disfrute elucubrando la historia como yo disfruto elucubrándola cuando la escribo.

    ¿Has convertido alguno en largo?

    -No, lo he hecho al revés, alguna historia larga que tenía la he condensado en un microcuento. 

    Ha sido un juego que me ha dado diferentes satisfacciones. La más grande cuando alguien me propuso hacer un libro.

    A nivel editorial ha sido uno de los dos momentos más importantes de mi vida. El otro fue cuando yo les propuse hacer un libro con la historia de mi hermano y me dijeron que sí.

    Le confieso que al leer su libro de microcuentos primero me sentí reflejada, muchas de sus historias también me han pasado a mí, después empecé a sentir un poco de pudor porque me parecía estar entrando en su diario.

    No todas (las historias) son reales, muchas son 100% reales o 90% y otras muchas son deseables: ¿he deseado que eso me pase a mí? Sí.

    Otras son totalmente inventadas, a mí nunca se me caería el móvil en el baño o no se me ha caido nunca el móvil en un charco, cosas que a mucha gente les ha pasado. Pero me encantó elucubrar la impotencia de una persona cuando se queda sin móvil por culpa de un charco y no puede llamar a esa persona a la que le gustaría llamar.

    Mientras habla del proceso, de dónde va a buscar sus relatos, los ojos le brillan y enfatiza con las manos lo que explica. ¿Cuánto de terapia es para ti escribir?

    -Muchísima. Es plasmar por escrito tus emociones, si las relees al cabo de unos días puedes ver cómo estabas en ese momento.

    ¿Relees?, le interrumpo:

    -Sí. En el caso de lo que escribí cuando pasó lo de mi hermano, lo he releído con detenimiento, con sufrimiento y también con perspectiva. Creo que es 100% terapéutico, los profesionales de la salud mental lo recomiendan, también recomiendan hablar, que es más difícil, pero sobre todo que escribamos. 

    Ahora, ¿terapéutico quiere decir que mejoras? No sé, a lo mejor quiere decir solamente que te sientes bien escribiendo. A lo mejor, no sales del agujero ese día. A lo mejor, no te duchas y sales a la calle. Pero te has sentido bien escribiendo. A mí me gusta pensar que cada vez que escribo me siento bien, me vengo arriba, me motivo.

    Lo del suicidio lo he ido desglosando poco a poco. Cualquiera que analice al detalle todo lo que he escrito en mi vida podría notar que había una ausencia y también que ha habido algún que otro desamor. Mi primer amor con 17 yo lo llevo ahí en el corazón y he escrito muchas cosas que espero que ella no haya leído (o sí) -ríe. 

    He dejado un cierto rastro de mis sentimientos y emociones en cosas que he publicado o he enviado a gente por email.

    Y hay cosas que no se las he enseñado a nadie.

    Pero en algún momento, yo creo que coincidimos todos los que escribimos: escribimos para que alguien nos lea. Aunque ¿escribiría en una isla desierta o en una orilla donde se que va a llegar una ola? Sí que escribiría.

    Aún así, escribo para compartir mis emociones con otras personas.

    Casi he llegado a mi destino, la conversación gira hacia cualquier otro tema sobre la vida, las aficiones o el trabajo. Acabo afirmando con él que sí, que yo también escribo para que otros me lean. En esta ocasión, he escrito en un proceso largo, pausado, porque su historia es relevante y la sensibilidad que ha construido es importante y merecen el tiempo de escribir y de leerlo.

  • El libro en la mesita, Pequeño Zar y el bosque animado

    El libro en la mesita, Pequeño Zar y el bosque animado

    Hay un gesto que primero se instaló en mi rutina nocturna y que ahora también se ha vuelto imprescindible en la de mis hijas. Es el libro en la mesita. Tenemos los que esperan su turno, los que simplemente hacen bonito y los que de verdad estamos leyendo. No me cabe duda de que es una de las mejores ideas que hemos incorporado al ritual de irse a dormir.

    Cuando empezamos, leíamos los cuentos típicos y algunos clásicos. Luego hubo una época en la que nos pasamos a las historias inventadas. Un día, decidí contarles el libro que estaba leyendo yo en ese momento, Caperucita en Manhattan. No se lo leía en voz alta, se lo explicaba con mis palabras, capítulo a capítulo. Nos fascinó a las tres.

    Más tarde, encontramos en la biblioteca La muy catastrófica visita al zoo, de Joël Dicker. Había oído varias reseñas que lo describían como un libro para niños de 7 a 120 años, o algo así. Lo trajimos a casa y aquello fue un éxito. La hora de dormir pasó a ser un momento esperado con entusiasmo porque queríamos descubrir qué ocurriría en el siguiente capítulo.

    Esta vez, nos hemos echado al bosque con Pequeño Zar y el bosque animado, de Marta del Riego Anta. Si soy sincera, me costó convencerlas porque la portada no tenía brillos ni colores llamativos. El truco definitivo fue anticiparme. Las esperé en la cama con el libro abierto y en cuanto aparecieron por la puerta, listas para acomodarse, empecé a leer en voz alta. Le puse un poco más de intensidad  a cada frase, interpretando lo que iba sucediendo, y se quedaron en silencio. Al terminar el primer capítulo, escuché: “¡otro, otro! Uno más, porfa, mamá”. Y seguí.

    Nos lo hemos pasado genial con las conversaciones entre Pequeño Zar y sus amigos, hemos aprendido cosas sobre arañas y osos, y hasta buscamos cómo son los urogallos. El libro nos duró poco, no nos valía eso de un capítulo por noche. Ahora lo mantenemos en la mesita, creo que le daremos una segunda vuelta.

    A mis hijas les ha encantado verse reflejadas en un niño real que, como ellas, es capaz de poner voz a objetos y animalillos. A mí me ha cautivado el mensaje de amor a la naturaleza, el elogio a la vida que vuelve a las raíces y los guiños a la generación de padres que ahora pueden leer esta historia a sus hijos. También he disfrutado al encontrar una lectura que no infantiliza la experiencia de leer, Marta no recurre a un vocabulario simplón, confía en la inteligencia y la sensibilidad de quienes leen.

    Pequeño Zar y el bosque animado es una aventura pensada para que niños y adultos vuelvan a sentir su lado más curioso e imaginativo. Si eres adulto, es uno de esos libros infantiles que agradecerás haber compartido.

    ¡Marta, queremos más aventuras con Pequeño Zar!

  • Canta ella y las palabras bailan

    Canta ella y las palabras bailan

    Hay libros que son como una canción pegadiza. Tienen música y cada vez que los cierras, en la cabeza continúas con la melodía inventando letras nuevas. A veces las letras siguen la historia por otros derroteros; otras, son solo palabras que no tienen un significado concreto, pero suenan con la misma cadencia que las del libro.

    Canto jo i la muntanya ballla, de Irene Solà (editorial Anagrama), es uno de estos libros. Me pasó también con Cordillera, de Marta del Riego Anta.

    No es de extrañar, el ritmo de sus frases es pegadizo, el propio catalán tiene esa sonoridad cantarina siseada y que encaracola la lengua. Esa musicalidad impregna toda la novela, hasta el punto de que uno siente que más que leer, está escuchando. Irene canta y sus palabras bailan entre los dientes y la lengua y se disparan hacia el resto de los sentidos.

    Qué bonito libro, que hasta la crueldad de la vida que narra parece necesaria para componer un libro hermoso. Toda su dureza es indispensable para existir. Por momentos, es poesía que corta la respiración, te obliga a buscar reposo y no te lo pone fácil. El ritmo te sigue arrastrando. La puntuación juega un gran papel en ello. También el misterio, el no saber quién habla hasta que en lo que parece un descuido se descubre un nombre. Los acontecimientos son como una maravillosa excusa para contar todo lo demás, para dejar que la montaña cuente. Yo, que no soy de montaña, pienso: qué suerte que uno es de donde nace, de donde pace, y de donde lee y de lo que lee.

    He disfrutado hasta cuando he sentido que me perdía entre sus devaneos. Canto jo i la muntanya balla es un libro que se gusta a sí mismo, que se recrea en su forma, y precisamente por eso resulta tan contagioso. No es una novela para quienes buscan una historia lineal o un relato cerrado: es para quienes disfrutan de la poesía narrada, para quienes se dejan arrastrar por una voz que sabe cantar. Y qué suerte que Irene Solà lo haga, que ella cante y sus palabras bailen.

  • Hierba, una brizna

    Hierba, una brizna

    En Hierba, de Keum Suk Gendry-Kim, lo que lees es una entrevista dura, pero también lo que ves. Porque Hierba es un cómic, un testimonio que se despliega con imágenes y palabras, y que nos acerca a una de las heridas más dolorosas del siglo XX sin que cerremos el volumen con las manos temblorosas en la primera página. Hierba te arrastra hasta el final inevitablemente.

    La autora aborda la historia con una delicadeza extraordinaria, con una poesía visual que permite avanzar sin caer abatido de inmediato. Pero, cautela, ese alivio inicial es engañoso: con el paso de las horas y de los días, lo leído regresa, se clava, abre aristas, y entonces Hierba atraviesa. Hace más de una semana que lo terminé y aún siento las punzadas que sé que seguirán ahí, ya no se irán.

    El cómic es precioso en su sobriedad. Los dibujos en tinta negra, aparentemente sencillos, encierran un caudal de información y de emoción. Tienen también mucho de oriental, el trazo recuerda a su escritura. Si alguien tuviera la tentación de saltarse una viñeta sin diálogos estaría perdiéndose lo esencial: los silencios, los gestos, las manchas, las caras sin rostro… Los espacios son tanto o más elocuentes que las palabras. Los sentimientos habitan sobre todo en lo visual; el texto apenas nombra, pone palabras a los hechos, pero la devastación está en el dibujo.

    Hierba cuenta en primera persona la historia de una mujer coreana que, siendo apenas una niña, fue secuestrada y convertida en esclava sexual por el ejército japonés durante la ocupación de Corea. Una de esas a las que llamaron mujeres de consuelo o mujeres de solaz y que en gallego llaman “mulleres de conforto”. Expresiones que intentan disfrazar la brutalidad: niñas y mujeres arrancadas de sus casas y obligadas a vivir en un infierno para satisfacer las necesidades de hombres que si buscaban algún tipo de confort… ¿Qué consuelo puede haber en el abuso?

    Yo he leído “Herba”, la traducción al gallego publicada por Rinoceronte Editora. No sé si es algo objetivo o solo mi manera de sentirlo, pero para mí, que el gallego no es mi lengua materna (aunque lo haya sido de mi madre), la sonoridad de esa lengua añade una ternura inesperada. Tal vez por eso he visto en el relato una brizna de esperanza, pequeña y frágil, escondida entre la devastación: la resiliencia de la protagonista, su coraje para recordar en voz alta lo indecible y la dignidad que surge incluso en medio de la tragedia.

    Hierba no es una lectura amable. Es un testimonio gráfico que obliga a mirar de frente una violencia que se quiso borrar con eufemismos, es una forma de no ceder, resistir y dar testimonio veraz en un intento de devolver la dignidad a las mujeres que han sufrido, sufren y padecen ser convertidas en objeto al servicio de alguien. 

  • Facendera, del leonés, y libro de Óscar García Sierra

    Facendera, del leonés, y libro de Óscar García Sierra

    En los últimos tiempos seguramente ha llegado a tus oídos la palabra Facendera, una palabra leonesa para hablar del trabajo comunitario. Si la has oído, desgraciadamente, lo más probable es que haya sido relacionada con los incendios que han asolado la provincia este verano. 

    Facendera también es un libro, de Óscar García Sierra (León, 1998) (Editorial Anagrama, 2022) y sí, facendera significa eso, trabajar juntos por un objetivo común. Con esa premisa llegué al libro de Óscar García Sierra y la verdad es que me ha dejado fuera de juego: descolocada.

    No había querido leer ninguna reseña ni entrevista previa, me dejé llevar por la sensación que tengo últimamente de arraigo a las lenguas y culturas en las que he crecido. 

    Lo que encontré en sus páginas fue un lugar reconocible y deprimente, como en las pelis grises sobre los suburbios ingleses, pero en un pueblo de León. Lo curioso es eso, es que aún siendo una historia local, es muy global. A medida que avanzaba, no podía evitar mirar las situaciones a través de un espejo, una mezcla incómoda de distancia y semejanza. 

    El paisaje desolador es un pueblo al que las crisis de la minería, la industria y la despoblación han dejado de la mano de los antidepresivos. Una parte de la historia, no tengo claro si es de amor o la sombra de lo que es amor para quienes han aprendido mal a amar y, en consecuencia, a amarse mal a sí mismos. Entre esas grietas se pueden vislumbrar destellos de ternura, pero la mayor parte del tiempo lo que resuena es el vacío, los recuerdos o los chismes…

    Detrás de todo, sin embargo, queda un poso. Un rastro que no desaparece con el paso de las páginas. Las frases de García Sierra funcionan como semáforos encendidos en mitad de la noche: te obligan a parar, a darle vueltas, a recordar que a veces estar cuerdo resulta insoportable cuando lo que te rodea es abandono. 

    Pero esta historia viene con un regalo que dentro de la atmósfera agonizante a mí me resuena como esperanzadora: pequeñas explicaciones sobre el leonés. Resulta imposible no leerlo escuchando esa musicalidad grave que se eleva de pronto en un agudín final. Esa cadencia convierte las palabras en territorio y la lectura en viaje. 

    En definitiva, “Facendera” es un libro incómodo por su contexto y lúcido en sus reflexiones. Lo recomendaré siempre y a quien pueda para que el leonés no sea una palabra en el incendio. La lengua está viva mientras haya escritores como Óscar García Sierra y lectores que rescaten de entre sus páginas un coime, un cuentu, un pronombre más posesivo (el mi abuelo) o un diminutivo que guardarse en la manguina.

    Sin ser un libro amable, consigue lo que más me gusta encontrar en la literatura: una sacudida que te obliga a pensar qué lugar ocupas en esa historia.

  • Llegué a la Luisiana, de Julia Mayle, y la habité

    Llegué a la Luisiana, de Julia Mayle, y la habité

    He llegado al final de «Luisiana», de Julia Malye (publicada por Editorial Salamandra). Y lo digo así, con cierto suspiro, porque la lectura se me ha hecho densa. Lo es. Denso. Es un libro que exige atención, calma y disposición: un novelón en toda regla, con una carga documental impresionante y un trasfondo histórico que no se puede pasar por alto.

    La historia nos sitúa en el siglo XVIII, aunque resulta inquietante comprobar que la premisa no es tan lejana. Un artículo reciente de El País recordaba la historia del Plan Marta, que en 1960 envió a mujeres vascas, gallegas, asturianas y de otras partes de la península a Australia con el objetivo de “facilitar” la vida de los hombres que previamente se habían enviado allí y que se convirtieran en las perfectas amas de casa.

    En «Luisiana» sucede algo parecido, sobre el 1700, Francia estaba colonizando Luisiana y envió varios barcos con mujeres fértiles francesas, muchas de ellas reclusas en un complejo-prisión cercano a París,  para casarse con los hombres que estaban levantando los cimientos de ese nuevo mundo y, en definitiva, repoblarlo.

    La novela se construye a través de cinco mujeres, narradas en diferentes momentos y con matices muy distintos. Sus personalidades, su pasado y su carácter son diferentes, sin embargo, llegan a sentir cosas muy similares y a crear cierto vínculo con las otras.

    Hay capítulos en los que parecen transparentes, como si realmente se pudiera leer lo que las mueve a hacer o no hacer, y otros en los que cobran se cierran en banda y ni a través de lo que cuentan se traslucen sus emociones. Malye consigue que cada una de ellas sea una voz propia, aunque todas compartan la crudeza de una vida marcada por el destino impuesto.

    Uno de los grandes aciertos del libro es la precisión en los detalles. La autora se detiene en el paisaje, las costumbres, los ritos, los miedos y las esperanzas, pintando un fresco histórico que se siente real, generalmente incómodo y sobre todo, inestable. Esa capa de profundidad hace que la lectura sea intensa, pero también rica y absorbente para quien decida entregarse a ella.

    Confieso que mi experiencia estuvo condicionada por el momento en que lo leí: entre el final de las vacaciones y la vuelta al trabajo. Esa desconexión me hizo perder el hilo en algún punto y tuve la sensación de que me costaba avanzar. No es un libro ligero ni de pasar páginas sin pensar; pide concentración, pide que te sientes con él y transites sus páginas.

    «Luisiana» te gustará si tienes tiempo para dedicarle atención, si disfrutas de las novelas históricas bien documentadas, si valoras las voces femeninas potentes y veraces, y si no te asusta adentrarte en un relato exigente que refleja la dureza de la historia y de quienes la vivieron.